domingo, 26 de mayo de 2019

Imágenes de caminatas posmodernas: La ciudad posmoderna y sus motores.

Por Mariano Alvarez

Caminar en círculos y repetir patrones.

Mis caminatas son eso. Caminar en círculos y repetir patrones. ¿Hay algo que no tienda a cerrarse en la rutina?.

La zona por la que suelo caminar tiene veredas rotas, árboles de ramas viejas y hojas grandes, y muchos edificios nuevos que desde donde me pare puedo recrear algún tipo de escalonamiento. Esas pequeñas contradicciones de la ciudad moderna en la que hasta el árbol también es un explotado. Genera aire y oxígeno pero los edificios no permiten que el sol les provea de sus rayos.

Esta escena sombría y contradictoria es signo de la transformación provocada por la expansión de la zona comercial, y fundamentalmente gastronómica.

 No es la gentrificación del Soho de Nueva York o el mismo Palermo, aquí la gentrificación parece más un impulso de una clase media, joven, que prefiere vivir en el primer cordón que rodea la avenida mas importante de la ciudad y que estira el centro unas 12 o 15 cuadras.





El centro es el fastfood cultural. Allí está lo facilmente entendible para todos. Las casas de deporte despachante de zapatillas, las ferias, la venta de papas fritas con alguna salsa estrellada depositada en un cono de cartón, quienes piden dinero en la salida de alguna galería tras una pancarta marrón de cartón y letras suaves.

Esta segunda capa que acompaña a la avenida céntrica tiene un contenido diferente que apunta a otro tipo de consumidor, ese que le dedica tiempo al ocio y al entretenimiento siempre que venga acompañado por lo estético.

Los veo... me choco con ellos. Cruzamos miradas.

Esa es la parte posmoderna de la ciudad... la mas relacionada con la ciudad posfordista. Cuando mi padre vino a Buenos Aires fue a vivir a una villa de emergencia con un tío. Ya había pasado el fenómeno de formación de las villas en torno a los sectores industriales por la falta de vivienda por necesidad de mano de obra en Buenos Aires durante la década de 1930. 

Ahora, en la ciudad posmoderna, los edificios montados con materiales de relativa calidad se codean con establecimientos dedicados al entretenimiento como señal de atracción a una clase de trabajadores hedonista con las intenciones de un cibarita y la líbido en flor.

Por esta zona algunos comercios inconexos de compostura de calzado, verdulerías y pescaderías conviven en ese entorno arrastrando su existencia de otras épocas a un presente colorido y pintoresco, en el que la tiza del cartel de la verdulería en letras sans serif convive con la tiza del lettering de la cervecería.

Ese modo de existencia, el de la resistencia a los cambios, me recuerda a muchos profesores conservadores que se sorprenden por las nuevas generaciones de estudiantes y que aún quieren conservar sus costumbres dentro del aula como demostración de lucha frente a lo inevitable.

Lejos del Soho de Nueva York o de Palermo, la clase que motoriza la zona la forman fundamentalmente jóvenes que trabajan en los comercios de la avenida principal o de alguna empresa mas pudiente fuera de esta ciudad, parejas jóvenes y acomodadas que trabajan hasta tarde y que pasan por el supermercado chino antes de llegar a la casa con una bolsa que contiene comida para preparar rápidamente. Algunos de los dos será el valiente... No he visto señales de familias. En fin, en los sohos hay turismo cultural, aquí hay gente con una cultura turística.

El hedonismo, como satisfacción del placer, es histórico pero nunca fue tan protagonista de la historia como en estos momentos, en el que obtener placer puede resultar muy cómodo.

En fin, en esta zona por la que camino los diversos edificios conviven con lo gastronómico de moda, fundamentalmente cervecerías. Lo artesanal, lo casero, lo rústico domina la escena estética de estos lugares de paso. A las viejas cafeterías solo se sumó una cafetería de especialidad, la única aquí.



Mientras aquí, en mi ciudad, hay mas edificios, cervecerías y barberías que perros en las calles, camino esquivando mesas y caca de perro (hasta ahora pisé una vez). La caca de perro del dueño no responsable es debido a que los edificios admiten mascotas y como consecuencia también me choco con los dueños de esos perros cuando salen a pegarse grandes golpes de viento en la cara.

Como estereotipo de la familia de edificio estimulador de la zona de transformación comercial y cultural, el perro ocupa un lugar importante. En muchos casos el del hijo de la familia.

No son la elite de un proceso gentry, mas bien son las víctimas de la relación entre la cultura y el mercado en las ciudades a partir del diseño arquitectónico, la estética del lugar, lo cool del entorno inmediato. La ciudad no esta ajena a la posmodernidad. No se aleja de la conexión que Frederic Jamesosn plantea entre lo cultural y lo económico.

Las transformaciones de los estilos de vida y, en particular, los nuevos hábitos de consumo han sido utilizados como justificación de intervenciones donde el espacio urbano es progresivamente desprovisto de su carácter público.

Esta confluencia entre la ciudad entendida como mercancía y como empresa y, el papel central que juega la cultura de consumo dominda por el marketing del placer, sitúa lo económico-cultural en el corazón de la ciudad.

Mis caminatas no modifican nada, de hecho coopero con el espectáculo en el que todos están haciendo lo que desean en un marco de aparente libertad.

sábado, 4 de mayo de 2019

Barberías kitsch: Sobre la exagerada pretensión retro

Por Mariano Alvarez

En el postfordismo el consumo trasciende lo material hasta llegar a las experiencias del usuario, y lo retro es la moda que adoptan las barberías para simular un entorno necesariamente estético con pretensiones de consumo mas que artísticas.


Transformando el paisaje de esta ciudad se abrieron mas de 30 barberías en el último año, al menos eso pude contar en mi acotada y fatigosa investigación. Lo interesante no es solo la vista de lo nuevo sino la visualizacón de lo que transformó, desde locales impregnados de azul, blanco y rojo a las viejas fachadas de peluquerías improvisadas casi de modo desmontable con todo lo que se pueda relacionar con la moda de la barbería. Existe cierta capacidad de montar una barbería nueva en cualquier rincón de la ciudad, al mismo tiempo que la mayoría de las peluquerías preexistentes se amoldan a ese nuevo formato estilístico retocando y maquillando su imagen. Algunos lo llaman agiornamiento. 

Esas transformaciones se dan de diversas maneras hasta el punto de haber visto una peluquería de mujer con un gran cartel de Silkey en la vidriera y, a su lado colgaba una hoja A4 blanca que impresa en la tinta gris de una impresora con poca tinta decía: también somos barbería. Me hubiera gustado pensar en el uso irónico del cartel tanto como aquel meme que me llegó pero como no lo comprobé entra en la lista de las peluquerias preexistentes que se montan en la nueva ola.

Tengo mi experiencia particular de fines del 2018 cuando, con las expectativas mediadas por el tiempo, fui al nuevo local de mi antiguo peluquero. No es que lo haya reemplazado por otro sino que por un momento descreí de lo artesanal y seguí el pensamiento que dice que ninguna actividad es imposible de reemplazarse por un buen artefacto. En fin, compré una máquina para cortarme el pelo, una de esas que tienen muchas funciones. Es decir que obtuve el artefacto, llevé a cabo la actividad, pero la ausencia de habilidad (lo artesanal) definió que los resultados actúen como jueces que sentenciaron mi retorno a una peluquería.


Mi antiguo peluquero trabajaba en una tradicional cadena de peluquerías de mi ciudad, de esas en la que todos se visten con remera negra, pantalón de vestir negro y zapatos con punta del mismo color, y que desde la vereda se leen palabras como unisex, estilistas, peinados, shock, y que conviven junto a los logos de las marcas que se usan allí, también hay fotos y banners de mujeres y hombres en un primer plano de la cabeza, con peinados y pieles digitales con pretensión de realismo, como apelando al deseo de quien consume de poder pasar de la vida real al carácter digitalizado del cartel. Como un panóptico de consumo, en donde el usuario controla lo que ocurre allí dentro, las grandes vidrieras dejan ver todo el panorama descrito desde la vereda de enfrente sin muchas dificultades.


El nuevo local de mi peluquero se ve diferente, masculino al cien por cien. Desde afuera su cartelería no usa la palabra peluquería ni barbería sino "salón de corte". Hay gran presencia de negro por fuera con letras en vinilo recortado en cursiva, doradas y en tipografías elegantes, de las que son serif pero con formas y contrastes marcados. El nombre de la peluquería lleva su nombre propio, el antiguo sello en el que se confunde la persona con la marca.





Sigue usando el mismo peinado pero ahora lo acompaña con barba. El outfit es el mismo de antes. Resumido a "fullblack". Leo entre líneas que quiere volver a la vieja usanza en la que el señor se corta el pelo y la barba pero sin rotularse en términos que evocan a una moda quizás ligera, pues hay una historia en este peluquero (su padre también lo era en su barrio), hay muchos clientes y un buen servicio. ¿Por qué arruinarlo todo?. Habrá pensado "Se puede ser cool sin distorsionar el oficio".


Umberto Eco en Apocalípticos e Integrados dice que "el mal gusto se caracteriza por la ausencia de medida" las cuales varían según la época y la cultura. No tengo indicios de que este profesional de las tijeras y el peine negro haya leído eso pero, sacando el vinilo recortado dorado del cartel de la vereda, todo estuvo medido. 


Mi peluquero hace tiempo se dedica a esto. Debe saber que nunca antes los cambios de denominaciones del rubro fueron acompañados por una estética que impone nuevos colores, nuevos materiales, nuevas herramientas, nuevos conceptos, etc. Peluquero, coiffeur y estilista parecían ser lo mismo, quizás no... pero la estética nunca cambiaba. Sin embargo, con las barberías actuales no... se requiere completar otros items y la mayoría son acerca de la estética.

Pero quiero detenerme en lo del mal gusto o puntualmente en la cuestión estética y por ende en la parte artística de esta moda barbershop al menos aquí. En mi ciudad.

Ya todos hemos notado que el papel de la barbería excede la simple actividad de las tijeras u otras herramientas representativas del oficio (aunque convengamos que la máquina para cortar el pelo es la mas conveniente para la moda del nuevo viejo corte americano versión degradé). La barbería sale de la actividad para meterse en su aura, lo que la rodea, el servicio, la estética del ambiente... en términos de lo moderno diremos que se centra en la experiencia del usuario, es decir, eso que se experimenta pero que no te lo apropias para llevarlo a tu casa. Eso que toma valor en las redes sociales, casi como una escenografía de la vida digital. Eso me lleva a pensar en que alguien debería reescribir "La sociedad del espectáculo" de Guy Debord en clave posmoderna, postfordista y neoliberal.

Salir del servicio como mercancía y adornar su aura con estética retro (también mercancía), que muy bien combina con los filtros de instagram, es pensar en lo visual como algo primordial y por eso es que me meto en esta conversación para plantear que lo retro no puede ser digital. Vi una foto pixeleada de un barbudo notoriamente bajada de google en un cuadro. El simulacro retro fracasa al fundirse en algo desmedido. La pretensión estética cierra a modo de collage en el que lo mucho se convierte en nada. 

No soy ingenuo. Sé que la intención no es artística o estética, pero también sé que el arte o la estética ayudará a vender mas el servicio, así como el arte también coopera con la gentrificación de algunos barrios devaluados vendiendo propiedades a altos valores. Aquí entonces es en donde uno (de unir) un fenómeno de moda con un concepto que aplica a lo estético en contexto de consumo masivo: kistch.


Wikipedia define kitsch como un estilo artístico considerado «cursi» y «trillado», para Adorno los rasgos que lo definen son la inoriginalidad o imitación, el "deseo de aparentar ser". Por eso es que todas las imitaciones y copias son manifestaciones de lo kitsch. Se suele explicar que la palabra proviene de quienes no podían pagar una obra de arte pero querían tener algo, al menos una pizca de arte enaltecedor, y por lo tanto compraban el sketch de alguna obra, es decir los bosquejos. Lo que quedaba. Por esto es que se relaciona directamente con el consumo en una cultura de masas. En fin, cuando lo estético transformado en mercancía tiene la cualidad de ser entendida facilmente por cualquier persona entonces es kistch. Si suena elitista hay dos caminos: ofenderse o aceptar que estamos hablando de estética.


La pretenciosa estética retro que vi en los barbershops de mi ciudad parten, en su mayoría, de una imitación exageradamente digital, cuya desmedida es parámetro del mal gusto. Allí no rigen elementos vintages de una casa de antigüedades ni retros, sino aquella ley en la que
 Illustrator mata letrista.  

Sin embargo lo retro no es solo un abismo de modas pasadas que toman nuevos sentidos en el presente. Lo retro no es solo escuchar un viejo vinilo de la década del ochenta, ni ver antiguas series, o que Nike y otras marcas nuevamente saquen viejos modelos de zapatillas, lo retro es una estética que también se produce en el presente. Es una mercancía que puede viajar desde el pasado a la nostalgia del presente o desde el mismo presente nostálgico para evocar un pasado cargado de estilo frente al vacío contemporáneo. De aquí es que Simon Reynolds habla de la década del 2000 como la década re, destacando el concepto de remake,

cuya versión nunca es la original, pero su contenido nostálgico permite colonizar el presente.

La desmedida es la palabra barber repetidamente junto al diseño de la silueta de una barba hipster ploteada. Es la falta de artesanía de un letrista o signpainter, el salpicado de pintura rojiza en una chapa en la que se pegó un vinilo con un diseño retro emulando oxidación. Los colores del barber pole (ícono de la masificación de lo barber) empapelan la pared, la marquesina de la calle que con el sol castigando, el azul, rojo y blanco se transforma en violeta, rosa y gris... todo se parece al gato chino de la fortuna que acompaña la jornada laboral al cajero de un supermercado de la misma nacionalidad... todo es facilmente aceptable y entendible por quien consume.

Un punto importante ocupa la palabra barber. Palabras como coiffeur o estilistas tenían pretensiones modernas relacionada a lo último de la moda, sin embargo no requería una estética masiva unificada como si fuera una franquicia. Hoy lo retro que deambula en el consumo exige estética y la misma palabra barbería, barber, barbershop tiene un contenido estético y actualizado que exige ser utilizado en términos de cool. La ultima vez que había escuchado la palabra barbero antes de esta gran moda masiva fue mirando la película El Gran Dictador de Charles Chaplin hecha en la década del 30 del siglo pasado. La palabra evoca pasado y obliga a la estética nostálgica que se reproduce a traves de una imitación pero basada en programas de diseño como illustrator o photoshop.
 Lo kitsch es la reducción de lo artístico a lo facilmente interpretado para el consumo, es por eso que el vinilo, el ploteado y la cartelería que se gasta con el sol (de un rojo a rosa y de un azul a un violeta y del blanco al gris) le gana al signpainter o letrista artesanal. No por lindo. Sí por eficiente.


Bibliografía:

Apocalípticos e integrados. Humberto Eco.
Retromanía. Simon Reynolds.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Imagen de caminatas posmodernas: todo al mismo tiempo.

Por Mariano Alvarez

30-4 . 19:45hs 



Esto no es lo que venía haciendo para este espacio. Quise escribir sobre street art, gentrificación, el boom de las barberías y su arte retro pretencioso pero quedaron acumulados en la sección borradores de esta plataforma.

Guarda relación... lo cultural y lo ideológico sobrevuela las secuencias de lo cotidiano. Se impregna en la experiencia repetidas de lo que vivimos... entonces si de caminar por la ciudad se trata van a surgir cosas interesantes.

Una cosa lleva a la otra y hoy mi actividad física se acomodó a mi edad aunque así no lo quiera. Camino... lo mas que puedo... mantengo el ritmo... respiro... siento que lo hago bien... no siento el dolor de cintura... me motivo... y mas camino.

Zapatillas negras... medias indistintas... pantalón de algodón negro... remera indistinta pero larga... buzo o campera con capucha... eso oculta, no solo los auriculares, sino también mi normalidad... sale el alterego... ese que quiero que se conozca.

Tengo pensado que la gente sepa de un encapuchado que pasa varias veces a la semana caminando a ritmo... a contra corriente de los que caminan mirando vidrieras o dirigiéndose a sus casas luego del trabajo... lo pensé sin dudas.

Aventura urbana... al anochecer. 

Los reflejos que veo son de las luces chocando en el suelo... ya desparramadas con libertad pero encaminadas por las ranuras de las baldosa de esta vereda céntrica que monopoliza los pasos en los bordes de la avenida principal... millones de pasos diarios.

Un intendente local hace tiempo se jactó de haber hecho del centro de esta ciudad un shopping a cielo abierto... como si la idea noventosa del shopping (que siempre iba acompañada de la palabra center) haya sido superada por esta experiencia transformadora... Post-shopping quizás.

Miré el piso mucho tiempo... mis auriculares no se ven pero miré con complicidad a quienes cruzaba con los suyos... aunque ellos no notaban lo mismo en mí.

Acepté la idea melancólica del aislamiento de quien va con auriculares... la acepté para llevarla a cabo y ser conciente de que no estoy en contacto con todos pero pensando en un todo. Podrían hablarme que yo seguiría sin contestar y eso estaba incluido en mis pensamientos.

Eso no es melancolía aunque el escrito así lo parezca... la melancolía estética no necesariamente es el escrito de un melancólico... de hecho no podría haber caminado tan rápido siendo un fucking melanco.

Mi respiración, mis piernas y mis pensamientos desbordaban a la vez que agilizaban mi atención a cada cuestión lentamente... llegué a preguntarme por qué nunca antes me había propuesto recorrer estas calles y aventurarme al paisaje urbano de esta ciudad... eso de lo que hablo... la barbería de moda... la gentrificación... los edificios... las cafeterías y su gente conversando... la espera en las paradas de colectivos.

La masa camina diariamente...  y aunque no vemos huellas son millones las pisadas porque son millones las coincidencias en nuestras vidas cotidianas... y no porque somos uno solo (idea que me gusta pensar)... sino porque hicieron de nosotros uno solo... una masa uniforme.

Lo que soy no es lo que hicieron de mi.

Uniformidad dada por el transcurrir de las mismas experiencias... familia, escuela, amigos, trabajo, parejas, estudios... la misma comida, la misma bebida, la misma ropa y las mismas palabras... no digas que es natural y nada viene dado/impuesto de afuera... de modo que todo nos afecta conciente o inconcientemente.

Entonces ¿De que demonios se trata la vida? ¿Hay respuestas alejadas a la idea de pasar por esas instancias mencionadas como el transcurrir de una secuencia ordenada?. Es decir... no es dificil predecir la vida de un hijo si nuestras recomendaciones estaran ajustadas a nuestra propia experiencia... Podría ser una manera de pensar el pasado transmitido de Benjamin. ¿Era eso vivir en sociedad?

No nos hagamos los giles. Si la vida es nuestro tiempo... nuestro tiempo pasó allí... en esa secuencia... y ¿Qué hay de la creatividad?... y ¿Qué hay de lo que amas hacer? Cualquier respuesta no saldría del dogma de esta vida fragmentada.

Por momentos me tenté a sacar el celular con la excusa de fotografiar alguna pared customizada (ya no hay tanta pegatina como antes) o algo interesante... siempre en el fondo solo estaba la intención de chekear la llegada de algún mensaje, e-mail o notificación de instagram o twitter.

El hombre actual... ese posmoderno que en 20 años sera la primera generación de ancianos tatuados y conectados en la red... no es mas que un alienado naturalizado...  Preocupado y aislado... con créditos para pagar y redes sociales.

Aveces veo parejas en los autos... sus caras perdidas detrás del cristal miran hacia lados diferentes... sus ojos atienden cuestiones diferentes... sus caras serias y problemáticas describen una situación de cansancio... aveces hablan... la mayoría de las veces no... van preocupados. Eso no lo advierto cuando camino sino cuando manejo.

El problema de caminar en tu ciudad es conocerla... sin embargo encontré la fórmula para perderme... no desde lo geográfico... no se como explicarlo.

Solo miré al piso y me deje llevar por la secuencia repetitiva de cuadraditos de ocho centímetros por ocho centímetros que conforman las baldosas que se vuelven invisibles a mi... solo rayas borrosas... desenfoque parcial de lo que rodea mi visión.

Los cuadraditos cambian de color según las luces de los autos y las marquesinas... y también cambian su humedad según su uso peatonal... yo solo miro y por lo tanto solo voy llevando esa humedad que me sigue como la estela que una lancha deja en el agua.

Los sentidos no hacen mas que transformar cada momento en una postal que queda en el olvido a los pocos segundos.

Ahora escribo desde mi cama con las piernas cansadas y la mente entre entusiasma e intranquila... mañana trabajo temprano.

miércoles, 17 de abril de 2019

3 películas de ciencia ficción utilizadas para la crítica de la cultura capitalista

Slavoj Zizek, Byung Chull Han y el libro Rebelarse vende han intentado explicar la ideología y el comportamiento de la sociedad consumista utilizando en algún momento estas películas para el análisis, pasando del consumo al control, de la publicidad a la idea de verdad, de la ideología a la sumisión.






"Baudrillard afirma que un producto de consumo es algo tan abstracto que la economía no es nada más que un sistema de signos. Las «necesidades, que expresamos a través del mercado no reflejan ningún deseo real subyacente, sino que son una manera de conceptualizar nuestra participación en el sistema simbólico. De hecho, la idea de tener "necesidades" es un "pensamiento ilusorio" producido por el mismo ensueño que nos hace creer que estamos consumiendo "objetos"."

"Tengamos en cuenta que un punto central del cual partir para la crítica anticapitalista consiste en tratar el consumo y la producción como dos procesos completamente independientes, por esto es que la revista Adbusters, por ejemplo, ha obtenido una notoriedad mundial con su campaña para instaurar el Día Mundial del No Comprar, aunque ignoró el hecho de que no podemos evitar gastar la totalidad de nuestros ingresos. Si no lo gastamos nosotros mismos, mientras lo tengamos en el banco lo gastarán otras personas. Lo único que podemos hacer para reducir el consumo es reducir nuestra contribución a la producción. Pero, claro, el Día Mundial de No Ganar Dinero no sonaría igual de bien."

Fragmentos extraídos de Revelarse Vende.

Aquí les van los trailers y los links de cada película




Pleasentville
1999

David Wanges, un joven de la década de los noventa, tiene una verdadera adicción por una serie de televisión de los cincuenta llamada Pleasantville. Una noche, durante una lucha con su hermana por el mando del televisor, ambos son teletransportados al mundo perfecto de Pleasantville. En ese mundo sólo existe el blanco y negro: pronto el perfecto equilibrio de este lugar empezará a tambalearse con la llegada de estos nuevos ciudadanos.









They live
1988

Un trabajador encuentra casualmente unas gafas que permiten ver a las personas tal y como son. Gracias a ellas descubrirá que importantes personajes de la vida política y social son en realidad extraterrestres. Durante su particular cruzada podrá observar cómo estos alienígenas han ido sembrando el mundo de mensajes subliminales con los que pretenden convertir a los hombres en una raza de esclavos.









1984
1984

El futuro, año 1984. Winston Smith (John Hurt) soporta una abyecta existencia bajo la continua vigilancia de las autoridades de la Oceanía totalitaria. Pero su vida se convertirá en una pesadilla cuando pruebe el amor prohibido y cometa el crimen de pensar libremente. Enviado al siniestro “Ministerio del Amor”, se encuentra a merced de O’Brien (Richard Burton), un cruel oficial decidido a destruir su libertad de pensamiento y a quebrantar su voluntad.




sábado, 6 de abril de 2019

Punk not dead. La deconstrucción punk durante el conservadurismo ochentoso

Lejos de un artículo de música o subculturas, aquí escribo sobre el rearmado cultural necesario en contexto de crisis, un mínimo aporte acerca las transformaciones de algunos movimientos juveniles en tiempos conservadores como los de hoy.

6/4/19


En algún punto de la primera mitad de la década del noventa tuve, junto a unos amigos, un programa de radio. Una de las pocas publicidades que logramos tener (seguramente la única) en aquellas épocas de puberto-libertad fue la de una disquería de mi ciudad. Quizás la mas underground. O quizás no, pero el trato que hicimos me permite mantenerla entre mis recuerdos de ese modo.

Para esa época en mi ciudad había alrededor de 6 o 7 disquerías. Las mas cercanas a la estación de trenes eran mas populares al momento de seleccionar su clientela: la masa de humildes trabajadores que atravesaban ciudades en un descascarado tren, que combinaba el colorado óxido con un amarillo retro, y que a partir de la gran demanda ofrecía servicios hasta en su techo, como símbolo de la precarización laboral del neoliberalismo ochentoso y noventoso que se instalaba como una espina en el talón. Desde la vereda de esas disquerías se escuchaban ritmos de cumbia, folcklore, clásicos hispanoparlantes como Dyango o Jose Luis Perales. Allí mi madre solía hacer varias paradas.

También estaban las disquerías que rodeaban la plaza, a una cuadra de las anteriores pero mas cerca de la avenida principal, que por lo general se encontraban en galerías céntricas y que con espejos en el techo y en las paredes atraían a un público consumidor del mainstream nacional e internacional. Éstas ofrecían un poco de clásicos por aquí, una pizca de canciones de moda instantánea por allá (podríamos hacer mención de Macarena) y en algún espacio de una batea se le dedicaba al rock under argentino que por lo general estaba seguido del punk mainstream como Ramones o Sex Pistols. Estas disquerías perseguían al cliente cool, ese que llegaba en auto a la zona céntrica de la ciudad y se compraba un cassette por un hit radial.



La disquería que publicitábamos se llamaba Rockhouse y geograficamente era una disquería intermedia. Estaba en una galería a media cuadra de la estación y a media cuadra de la cara mas oscura de la plaza (la otra cara da a la avenida mas importante que antes mencionaba). El arreglo que teníamos no era monetario. Solo consistía en que nos pagaba con grabaciones de discos. Por lo tanto, el hecho se consumaba con un traspaso sonoro del CD de ellos a nuestro casete virgen. Nosotros indagábamos las bateas y elegíamos, ellos grababan lo que pedíamos. Si... Lo sé... Seguramente están pensando que en esa negociación estábamos perdidos, pero es sólo porque aun no mencioné que nuestra radio tenía una llegada de 150 metros a la redonda en una ciudad que se encontraba a unos 10 kilómetros de la nuestra. ¿Qué vecino de aquel barrio viajaría 10 km para comprar un disco? Es por eso que hablo de underground desde un principio. Ambos sabíamos que nadie ganaba pero que en esa alianza había una intención compartida, una complicidad, ¿Una conciencia under? No lo sé.

Por nuestra parte, con una imagen propia que iba de perdedores a entusiastas excitados, accedimos a varios discos provenientes de aquel acuerdo pirata. Dos de ellos quedaron en mi mente. Uno era I Against I de Bad Brains. Eso fue novedad para mi mente y mis oídos. Ecléctico por donde lo veas. Solo podía saber lo que pensaban y lo que decían a partir de los títulos de las canciones, cuya letra escrita con la tinta azul de una lapicera de pluma por el empleado sobre los renglones del cartón de la caja del cassete, conforma una imagen cuasi fotográfica en mi mente que puedo ver pero no describir con seguridad. La comprobación de mis sensaciones respecto a dicho disco surgió a las semanas, luego de leída una reseña de una revista (no recuerdo su nombre) que había comprado en la galería Churba de la ciudad de Belgrano, en la capital del Buenos Aires.

Bad Brains es una banda de rastafaris afroamericanos de los suburbios de Washington DC pero que en 1981 se radicó en Nueva York para cambiar su escena. Destreza musical y personalidad carismática en su cantante llamado HR (Human Right) son algunas cualidades propias. Pero el punto estaba en las temáticas de las canciones y en lo ecléctico de su música que pasaba por el punk, ya devenido en hardcore old school, a canciones reggae lentas y extensas como I and I Survive que aun la escucho. ¿Qué hacía aquel disco en mi ciudad? No lo sé, quizás estaba para hilvanar esta historia.

Bad Brains es una de esas bandas de jóvenes que formó parte de la segunda oleada punk centrada principalmente en Nueva York cuyo fin último era transmitir un mensaje político tan inmerso en la realidad como alejado del idealismo apocalíptico de los orígenes del punk. Que ellos hayan cantado acerca de los derechos humanos y los derechos del animal en momentos de gobiernos conservadores que apiedraron la contracultura de los sesenta no es incomprensible, pues comprender un movimiento ignorando el ingrediente esencial que aporta el contexto es simplemente ser inocente frente a la comprensión de nuestro propio recorrido en esta vida.



Para los ochenta la cultura estaba dando un viraje hacia la derecha y la izquierda se vio entre la parálisis, el desencanto y el estancamiento, mientras los gobiernos de centro izquierda de Callaghan y Carter ya habían sido desplazados casi simultaneamente por los de Margaret Thatcher y Ronald Reagan en Gran Bretaña y Estados Unidos respectivamente. Aquí en Argentina esa derecha neoliberal llegará al poco tiempo.

Flexibilización laboral, privatizaciones y desregularización de la economía configuraban el orden natural de las cosas con esos gobiernos neoliberales, por ende profundizar las diferencias y jerarquías sociales resonaba atractivamente en los mas pudientes. La nueva derecha de los ochenta se imponía sobre lo que la década contestataria del sesenta había dejado en la cultural y lo social. La postura de Ronald Reagan y Margaret Teathcher era reacia frente a la contracultura y los cuestionamientos de la clase trabajadora... Reagan en 1981 despidió a 11000 controladores de tráfico aéreo de 13000 que habían iniciado una huelga, a partir de ese momento además quedaron inhabilitados para trabajar para el estado. En fin, Ben Nadler en su libro Punk: NY 1981-1991 nos permite imaginar casi fotograficamente ese entorno cuando dice que "todo daba la apariencia de que se aproximaba una guerra".

Mientras el viejo punk se había hundido solo en las leyes del mercado y el cuestionamiento antiestablishment vacío de propuesta, el presente exigió a la juventud punk no mainstream algunos reajustes en los ideales. El primer punk había sido determinadamente negador por lo que no llevó mucho tiempo en generar una unión, sin embargo al preguntarse ¿a favor de qué estamos?, se desintegró dice Nadler.

Si bien el conservadorismo ochentoso significó un duro golpe a las contraculturas, el mismo contexto lo obligó a reformularse, lo empujó a la actividad de deconstrucción que tan lejos se para de la idea de muerte. La necesidad de mantenerse vivo propone revisiones que se acomodan a los presentes y sus demandas, por esto es que Nadler también da a entender que si el punk no murió es solamente porque "estamos dispuestos a cuestionar su pasado y su futuro, y a darle un nuevo significado". La actividad de deconstruir justamente es la que pretende demostrar una estructura conceptual con ambigüedades, fallas, debilidades y contradicciones para reconceptializar y resignificar los ideales.

Si hubo una muerte del punk, lejos estaba de aquella que da fin a la existencia como propone la religión. Mas bien sería la muerte como proceso de transformación, una muerte unida a la vida. Una muerte a la mexicana. Colorida y renovadora.

La transformación llenó el movimiento de nuevos contenidos, significados y símbolos. El nuevo sentimiento punk abandonaba el volatil idealismo para mirar una realidad que necesitaba cambios con urgencia. Por este motivo es que tanto en el postpunk como en la segunda oleada punk hay contenido real y problemático. La época así lo demandaba. Se sabía contra qué se estaba yendo porque existía una dirección hacia a donde ir. No es mas que lo que para Marx es la ideología, aquello que se mueve por debajo de la conciencia y de la experiencia, el sentido común ordinario.



En fin, de aquel viejo punk setentoso no solo reposó su subsistencia en ese desprendimiento punk hardcore neoyorquino de los ochenta, representado por jóvenes de la clase obrera, sino también el postpunk proveniente de la bohemia underground de clase media que también crecía en Londres. Muchos integrantes del postpunk eran provenientes de la escuela que subsidiaba el Estado. Una de las diferencias radicaba en que el nuevo espíritu punk pretendía mantener la música accesible, directa y sin pretensiones, y el otro se trató definitivamente de una vanguardia que como tal, decidió romper con la tradición incorporando la electrónica, el noise, el jazz y otros géneros, algo que los llevó a ser acusados de elitismo. No solo en la temática musical les cabía el título sino además por las técnicas del arte vanguardista como el cut-up o el collage, que fueron empleadas tanto en portadas de disco como en la metodología de producción lírica. Había un contenido de arte dentro y fuera de la música centrado en el conocimiento pero con una actitud anti-intelectual.

La idea de la cultura alternativa anticonservadora es el hilo conductor en las profundidades del pensamiento de ambas subculturas. Mas en la superficie la continuidad se recorta con una variada disparidad en las prácticas y en la propia concepción de arte. El punk mas panfletario y directo, con mucha influencia en bandas como Crass (inglesa) de perfil ideológico netamente anarquista, mientras que el postpunk merodeaba en temas puntuales sobre la vida cotidiana considerando que "lo personal también es político", consigna que en los setenta el feminismo elevó para poner en portada temas como la sexualidad, el rol de la mujer y la legalidad aborto. El postpunk pasaba por temas como el consumismo, las relaciones sexuales, la normalidad incuestionada, etc. Si bien participaron de festivales como Rock Against Racism intentaban mantenerse alejados de consignas tan simples como directas y generales. En comparación con esto las bandas punk eran las que participaban en el festival anticonservador Rock Against Reagan, como los icónicos Dead Kennedys (estadounidense). Unos contra una problemática mas amplia, otros directamente contra el gobierno del momento.



La deconstrucción presenta a ese punk como una juventud anticonservadora que puso nombre y rostro a lo que el antiguo punk había llamado establishment. Thatcher y Reagan eran ellos. No resulta difícil encontrar ambos rostros devenidos en íconos de la lucha.

El rostro de Reagan en stencil sustituía el significado de la política destructora de la era.  Aunque parezca común y también fetiche, el rostro de Reagan en un flyer o cartel era un ícono que, hecho con la técnica handmade stencil o collage, era además el mensaje necesario de un grupo que no necesita lo que proviene de afuera: algo así como la necesidad de no necesitar de otro. Otro aspecto del mundo del fetiche en el submundo del punk ochentoso neoyorquino es el constante uso de la palabra "Youth" (juventud) como si se tratara de plantar una identidad etaria pero despersonalizada. Un ejemplo es el de la banda Reagan Youth, la cual hacía alusión irónica a las juventudes hitlerianas. Aquella palabra fue signo representativo de la lucha del momento.

Esa juventud fue, es y será la minoría amenazante que mortifica el ojo cosificado del espectador y molesta a las costumbres naturalizadas. No entendida, ni esperada. Esa que la cultura hegemónica no espera reproducir. Ese adolescente que cuando un adulto lo toma del hombro para "guiar" se mueve veloz e improvisadamente diciendo: "Estoy bien, no me toques". Me animo a pensar que por eso es que Reagan, en el papel adultocentrista, planteaba que el problema de la educación era la falta de autoridad.



En este proceso de deconstrucción el postpunk ya había creado el relato de su propia existencia que los legitimaba como grupo. Ellos eran el resultado del fracaso del punk. Según esta vanguardia, dice Simon Reynolds, "el punk había fracasado por atentar contra el status quo del rock apelando a la música convencional. Los artistas postpunk tomaron distancia de tal postura, bajo la creencia de que "contenidos radicales exigen formas radicales"". En fin, musicalmente se invirtieron algunos roles de instrumentos. La música fue mas minimalista acercando esta idea estética al principio proveniente de la arquitectura moderna mas conocido como "menos es mas". Para Reynolds, David Bowie fue la inspiración que alimentó el ethos postpunk del cambio constante, ya que yendo a Berlín para la grabación de Low y Heroes planteó un alejamiento musical y espiritual con Estados Unidos.

En respuesta al viraje a la derecha, se había intentado construir una cultura alternativa con una infraestructura independiente de sellos, distribuidoras y disquerías. Así es que nace y se propaga ineludiblemente como el agua en las marcas de las manos el espíritu y la actividad DIY (hazlo tu mismo) acercándose a la difusión clandestina de la literatura prohibida en el régimen soviético llamada samizdat. En NY, Bad Brains instaló una tienda/sello DIY (Rat Cage Records) en el sótano de su casa en 171-A en Av A, con el cual registraron el primer disco de Agnostic Front y se realizaron las dos primeras grabaciones de Beastie Boys. 

Mas allá de las diferencias, detrás de la música se llevó a cabo un gran marco de guerreros culturales, facilitadores e ideólogos que fundaron sellos discográficos, trabajaron como managers de bandas, publicaron fanzines, promovieron recitales y organizaban festivales. Aquí el prefijo post plantea una doble mirada, ya que no es solo la superación de algo como dice el filósofo italiano Gianni Váttimo para definir posmodernidad, sino que además imprime una miraba al futuro. Lo post no es solo en referencia a un pasado ya eludido sino principalmente una alusión al presente y al futuro.

Perdón... lo olvidaba. El otro disco que recuerdo de aquellas grabaciones para la radio además de Bad Brains es Juguetes para olvidar de Massacre...


Bibliografía:

Ben Nadler. Punk: NYC 1981-1991. Montacerdos editorial.
Simon Reynolds. Retromanía. Caja Negra editora.
Simon Reynolds. Después del rock. Caja Negra editora.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Lo Retro y el consumo de la nostalgia.

En la era del on demand y el streaming, se impone el consumo nostálgico de lo retro como fetiche de una época en la que el desborde de información da la sensación de un final.


Libros, cds, dvds, discos de vinilo representan la materia prima de mi capital cultural. La mayoría de todo ese material ya se consigue en plataformas sin dinero ni búsqueda de por medio. De algún modo todos tenemos acceso a la información que obtiene un coleccionista especializado. La capacidad de archivar ya ni depende de nosotros sino de algún dispositivo con espacio invisible y digital.

Hace unos diez años daba clase de Historia Antigua en una universidad ubicada en la capital de Buenos Aires. Yo siendo de las afueras, viajaba una hora en tren y aproximadamente 20 minutos en subte para bajar en Avenida Corrientes y Paraná. Por lo general llegaba a esa estación una hora antes de la clase para recorrer caminando algunas calles de la gran avenida que abastecía mis colecciones a través de sus librerías y disquerías. No siempre compraba, de hecho muy poco, pero sí anotaba en donde podía encontrar algún material. Por ahí pasaba la magia del hecho además de la estimulación de los sentidos provocada por el aroma a página añeja y húmeda. Tenía la información que necesitaba y la recopilaba todas las semanas. Susan Stewart en On Longing dice que no es aceptable comprar una colección pues de ese modo no se crea la biografía del coleccionista. Esa información recolectada daba esperanza y proyección a mi biblioteca y discoteca actual y futura, a mi capital cultural.

Para ese momento el vinilo había pasado a ser un objeto coleccionable. Para fines de los noventa e inicio del nuevo milenio solo eran 2 ó 3 paises en el mundo los que tenían una fábrica de discos de vinilo, y seguramente allí se fabricaban discos de bandas pertenecientes a sellos que aún mantenían ritualizado el objeto que acompañaba a la música, pero ocurría con sellos y bandas under de todo el mundo tanto de punk, indie o de música electrónica, definitivamente no estaba el disco de vinilo en el ojo del mainstream, de hecho , todo lo contrario, la música se desmaterializaba. 

El disco de vinilo no solo representaba en mí la música, es decir esa información artística, cultural o ideológica que se escucha y se disfruta, sino que además reunía el valor agregado del objeto. Así, música y objeto, se conjugaban con el tocadisco, la otra parte tangible del ritual. De ahí que siempre relacioné la palabra retro con el disco de vinilo. Pero también hay algo de inevitable en esto... lo retro es personal. La mística del pasado se presenta como recuerdo que trae olores, emociones y sonidos. La nostalgía.



Batea exhibidora en Yenny. Foto actual.


Hace unos días en uno de los grandes shopping de Buenos Aires entré a una de las grandes cadenas de libros que allí se encuentra y entonces me topé con lo sospechado... bateas, bateas y mas bateas exhibían reediciones de los viejos vinilos de la década del ochenta, éstos convivían con los colores de las portadas de discos actuales. Una coexistencia de músicas y estéticas que parecían querer recuperar el tiempo perdido, como un multiculturalismo pero centrado en el tiempo. Quien expone los discos como en un supermercado diseña sin querer una visual inexorablemente ecléctica como posmoderna, en donde los colores gastados conviven con los vivos, en donde las tipografías que emulan neones se contrastan con las sans serif minimalistas bañadas en contemporaneidad como la Arial, la Helvética o la Futura; las texturas del grano fílmico naturalmente vintage confronta su calidez frente al brillo de la fría perfección que del diseño gráfico digital se desprende. Pero lo que une a todos esos discos es que han sido editados en vinilo tomando tono de "coleccionable" puesto que en la era del streaming el vinilo es fetiche.

Entre portadas, packaging y olor a alfombra de local de shopping caigo que los cds y dvs ya fueron excluídos por lo retro y el streaming, quedaron en el medio casi olvidados por el mercado y la cultura... ya lo serán en algún momento y retornarán con la gloria que la moda impone en el anacronismo de la posmodernidad... pero hoy en día ¿Alguien compra cds? ¿Alguien los usa en su auto en la época del bluethoot? ¿Se venden reproductores de dvd en la época en la que el On demand asesina la colección?.

Lo retro no es mas que el mercado en una sociedad que tiene problemas con el futuro. Una forma de consumir atravesada por el fetichismo de objetos que remite a un pasado que surge de la representación que nosotros creamos continuamente acerca del mismo. Para Simon Reynolds lo retro es la intersección entre la cultura de masas y el pasado personal.

Yo nací en el 1979 entre sonidos de vinilos y cintas, ambos representativos de un lazo con mi pasado familiar y la niñez. Sin embargo hay décadas que trascienden a las generaciones, como la del ochenta (en Argentina tiene una denominación: ochentoso). Los digitalizados millennials han optado por recuperar los productos de sus predecesores, lo que ha convertido el consumo vintage y retro en un punto de encuentro intergeneracional. Pero incluso todo esto se extiende a las ultimas generaciones. Mis hijas, ambas de 13 años, son admiradoras de todo aquello que remite a los ochenta. Colores, películas, series, música, ropa, objetos... seguramente por lo que reciben de mí pero además por la publicidad que hoy tiene lo retro style en plataformas digitales dedicadas de lleno a la imagen como Pinterest o el mismo Instagram (en su primer logotipo incluía formas y colores que nos retrotraía a la cámara fotográfica instantánea iconográficamente retro: la Polaroid). Solo que en dicha plataforma la imagen nostálgica se logra por medio de filtros digitales que materializan el estilo sobre la pantalla de un smartphone. Por otro lado, Spotify permitió que mis hijas conocieran a Michael Jackson, Madona, Europe, Aha, The Police, etc, y Netflix a Stranger Things, que si bien no es de los ochenta sí es ochentosa*. La serie combina la actualidad del HD con sonidos de sintetizadores análogos, logos y colores arcade con tipografías de época, todo eso acompañado por canciones populares que hicieron un surco en nuestros recuerdos de los ochenta, y en las representaciones de las nuevas generaciones acerca de esa época, al punto de que las remeras de moda cargan con la inscripción Should I stay or should I go de The Clash o Every breath you take de The Police.

Del mismo modo que con Stranger Things, lo retro se vuelve consumo desde el plano musical con bandas que surgieron en el mainstream sonando a algo que ya había sonado décadas anteriores. El pastiche, como forma de producción cultural posmoderna, se hace notorio en la década del 2000, en donde lo retro se hace mainstream en la música pop: por ejemplo el resurgimiento del garage punk con The Hives, The White Stripes, The Vines, Jet; el estilo vintage soul de Amy Whinehouse, Duffy, Adele, y con chicas del synthpop como La Roux y Little Boots.*

En referencia a lo anterior, Simon Reynold en Retromanía comienza su análisis en la primera década del 2000 denominándola la década re, ya que se dedicó a reproducir otras décadas anteriores. Ese período estuvo dominado por el prefijo re... revivals, reediciones, remakes, reesenificación. También hubo reformaciones de bandas y retornos a los estudios para relanzar antiguas carreras que se empezaban a diluir.

Pensemos lo siguiente... toda información que choca con la del presente solo proviene del pasado... entonces ¿Por qué lo retro y lo vintage no debería tener lugar? Por otro lado, y a pesar de que la búsqueda es libre, ¿Qué es lo que hace la necesidad de convertir lo simple en sagrado? ¿Hay un vacío de nueva información en la cultura, en el diseño, en la música, en las películas, el arte etc? Quizás como dice Mark Fisher, "el fin de la historia" que planteaba Fukuyama, a pesar de ser muy criticado, puede representar de algún modo el estado de inconsciencia cultural de la sociedad contemporánea posmoderna. 

Reynolds dice que lo retro no tiende a idealizar o sentimentalizar algo sino que busca la diversión con el pasado, por esto es que Retrochic es el término que usa Raphael Samuel para graficar esto. Un pasado usado como un juguete del que se puede extraer capital subcultural. En términos de consumo, la nostalgia parece decisiva en este análisis. Una pequeña reseña de lo nostálgico cuenta que en un principio fue una patología de quienes una vez en la guerra extrañaban su lugar de origen, luego el sentido cambio de lugar a tiempo y entonces pasó de ser posible a ser imposible, y de patología devino a emoción. La segunda mitad del siglo XX la nostalgia se encuentra también asimilada por el mercado y se vincula con la cultura pop... artefactos de entretenimiento de masas muy relacionado como la estridente década del ochenta, haciendo que la nostalgia sea ya una mercancía relacionada con el entretenimiento.

Lo retro no es mas que la estilización de un período y se enfoca principalmente en todo lo referido a la cultura pop. Es el viejo estilo transformado en mercancía cada vez mas consumida en medio de un mundo global con forma de red en donde la información es infinita y está al alcance de la mayoría. En fin, no solo nunca hubo una sociedad tan obsesionada con los artefactos culturales de su pasado inmediato sino que tampoco nunca antes hubo una sociedad que pudiera acceder a él con tanta facilidad.



* Pretensión de parecerse a la estética de las series y películas realizadas en la década del ochenta.
* Estas menciones no son mías totalmente sino extraídas del libro de Simon Reynolds Retromanía.

Bibliografía central:

Simon Reynolds. Retromanía. Caja Negra Ediciones.






domingo, 21 de octubre de 2018

Cultura Fetiche: El consumo de la izquierda y sus detractores

Por Mariano Alvarez

"¿Cómo va la revolución?" le dijo un amigo con mueca burlona a otro estudiante pero afín al socialismo que allá por el 2006 portaba un celular costoso. La respuesta fue silencio primero y luego risas de todos (incluyendo el acusado) los que estábamos en esa paella luego de cursar Metafísica.

El capitalismo asimila lo contracultural para transformarlo en mercancía rebelde cool y la contracultura junto a las subculturas consumen resignificando productos del mercado tradicional para apropiarlo. El modo en que se consume diferencia a la contracultura del consumo tradicional. Claro es entonces que lo que no desaparece en esa relación es el consumo. 

Como dice Fredric Jameson en el volumen 1 de Posmodernidad, "la cultura posmoderna es esa que devino en producto". El nuevo estilo de vida idolatra el fetichismo de la mercancía de la que Marx hablaba, pero también lo supera.

La cultura fetiche que naturaliza el consumo actúa envolventemente relacionando la cultura hegemónica con las subculturas y contraculturas por medio de la mercantilización de la ideología. Es decir, todo lo que te rodea es un producto a consumir o ya fue consumido.

En este contexto pensar que el consumo es contrario a una ideología comienza a ser arcáico pero sin adelantar respuesta les dejo en fragmento del libro Realismo Capitalista ¿No hay alternativa? de Mark Fisher mientras preparo en mi cafetera italiana un espresso con café que anoche compré en Starbucks.





A poco de iniciado el movimiento Occupy London Stock Exchange, la novelista devenida política conservadora Louise Mensch apareció en Have I Got News For You?, el programa de la bbc, y comentó con sarcasmo que la aglo­meración en esa zona comercial de la ciudad había produ­cido “las filas más largas en toda la historia de Starbucks”. Y el problema no era solamente que los activistas toma­ban café de marca: también usaban iPhone. La línea de su razonamiento era nítida: ser anticapitalista equivale a ser un anarcohippie primitivo. Por supuesto que los plateos de Mensch fueron ridiculizados, y hasta en el mismo programa en el que salieron al aire, pero los problemas que ponen sobre la mesa no se pueden pasar por alto tan fácilmente. Si la oposición al capital no significa que uno tenga que mantener una postura antitecnología y anti­producción en serie, ¿entonces, por qué se ha identificado al anticapitalismo con esta especie de “localismo de la comida orgánica”, al menos en la caricatura que hacen de él sus oponentes como Mensch, e incluso en la cabe­za de algunos de sus seguidores? Esta perspectiva pasa por alto el entusiasmo que Lenin sintió por Taylor, el que Gramsci sintió por Ford, y el empeño tecnológico soviético en el marco de la carrera espacial, entre otros capítulos de la Historia. No es novedad que el capitalismo ha tratado siempre de ejercer un derecho natural monopólico sobre el deseo: recordemos el famoso aviso de Levi’s de la década de 1980 en el que un adolescente ansioso ingresa de contrabando un par de jeans a través de un puesto de frontera de la urss. Pero la aparición de los bienes de consumo elec­trónicos ha permitido al capital confundir deseo y tecno­logía al punto tal de que el deseo por un iPhone se vuelve automáticamente idéntico al deseo de capitalismo a secas. Inevitable recordar otro aviso: el también célebre “1984” de Apple, en el que la aparición de la computadora per­sonal quedaba igualada con el fin del control totalitario.



Mensch no fue la única que se burló de los activistas de Occupy por su consumo de café de cadena y su empleo de bienes como los teléfonos móviles. En el Evening Standard de Londres, un columnista se quejaba porque “son el capi­talismo y la globalización los que produjeron las ropas que usan los que protestan, las carpas en las que duermen, la comida que comen, los teléfonos en sus bolsillos y las redes sociales que usan para organizarse”. Pero los argumentos de Mensch y sus compañeros reaccionarios en respuesta a Occupy no fueron sino versiones de aquellos argumentos presentes en los extraordinarios textos antimarxistas que Nick Land escribió en la década de 1990. Las provocaciones de teoría-ficción de Land partían del supuesto de que el deseo y el comunismo eran fundamentalmente incompa­tibles. Y hay al menos tres razones para tomar estos tex­tos en serio y no como una valentonada antimarxista. En primer lugar, porque en esos escritos Land mostró cru­damente los problemas que la izquierda enfrenta hoy en día. Land adelanta la película hasta su futuro cercano, es decir, nuestro pasado inmediato: un futuro cercano en el que el capital se pasea del todo triunfante y muestra hasta qué punto esta victoria depende de la mecánica libidinal de la publicidad y las empresas de relaciones públicas, cuyas excrecencias semióticas parasitan lo que antigua­mente fue el espacio público.


Todo lo que no pasa directamente por el mercado cae triturado por la axiomática del capital y queda incrustado holográficamen­te a las marcas estigmatizantes de su obsolescencia. Una forma generalizada de publicidad negativa deslibidiniza todo lo que sea público, tradicional, piadoso, caritativo, autorizado, prestigioso o serio, en pos de la seducción suave de la mercancía.


Land está en lo cierto al referirse a esta “forma gene­ralizada de publicidad negativa”, pero la cuestión está en cómo combatirla. En lugar del llamado a retirarse de la pro­ducción semiótica que hace la activista Naomi Klein en No logo, ¿por qué no abrazar todos los mecanismos de la pro­ducción semiótica libidinal en nombre de un antibranding poscapitalista? El estilo radical chic no debería ser un moti­vo de vergüenza para la izquierda, bien al contrario: es algo que deberíamos incentivar y cultivar. ¿No fue justamente el momento del colapso de la izquierda coincidente con el punto en el que los conceptos de chic y radical dejaron de ser compatibles? Es hora de que comencemos a valorar y proveer de una connotación positiva a estos epítetos como radical chic socialismo de diseñador, porque justamente fue la homologación del diseño con el modo de producción capitalista lo que hace parecer al capitalismo como la única forma de modernidad posible.
La segunda razón por la que son importantes los tex­tos de Land es porque exponen una contradicción incó­moda entre el compromiso oficial con la revolución de la izquierda radical y su tendencia real al conservadurismo en el terreno político, estético y formal. La fuerza casi hidráulica del deseo, en los escritos de Land, se opone al impulso derrotista hacia la preservación, la protección y la defensiva que resulta típico de la izquierda. Pero el delirio disolvente de Land es una especie de autonomismo invertido, en el que el capital asume todas las capacidades improvisacionales y creativas que Mario Tronti, Michael Hardt y Toni Negri adscriben al proletariado y la multitud. Al sobrepasar inevitablemente todos los intentos del “sis­tema de seguridad humano” para controlarlo, el capital emerge como la auténtica fuerza revolucionaria capaz de someter todo, incluyendo las estructuras de la llamada realidad, a un proceso cabal de licuefacción: “escape, síndrome chino planetario, disolución de la biósfera en la tecnósfera, crisis terminal de la burbuja especulativa, ul­travirus y revolución privada de toda escatología cristiana o socialista”. ¿Dónde está la izquierda que pueda hablar con confianza en nombre de un futuro alienígena, que pueda celebrar y no llorar la desintegración de las sociabi­lidades y territorialidades existentes?


La tercera y última razón por la que los textos de Land valen la pena es porque reconocen el terreno en el que la política hoy en día opera, o debería operar si ha de ser efectiva: un terreno que nos muestra a la tecnología totalmente entrelazada en la vida cotidiana y el cuerpo. El diseño y las relaciones públicas son ubicuas; la abstracción financiera ejerce dominio sobre el gobierno. La vida y la cultura se subsumen en el ciberespacio. Por eso mismo el hackeo de datos asume una importancia cada vez mayor. Así podría parecer que Land, el avatar del capital acele­rado, termina confirmando ampliamente la afirmación de Žižek de que el trabajo de Deleuze y Guattari funcionaría como una ideología para los flujos desterritorializados del capitalismo tardío. Pero hay dos problemas con la crítica de Žižek: el primero es que toma de modo muy literal la promesa del capital, dando por descontadas sus propias tendencias a la inercia y la reterritorialización; el segun­do es que la posición desde la que Žižek realiza su crítica depende, implícitamente, de la afirmación del carácter de­seable y posible de una vuelta al leninismo-estalinismo. En el momento más álgido de la decadencia del movimien­to obrero tradicional, fuimos forzados más de una vez a tomar partido por una dicotomía falsa entre el leninismo ascético y autoritario, que al menos funcionó bien en su momento (en cuanto pudo tomar el control del Estado y limitar la esfera de dominio del capital), y los modelos de autoorganización política que han hecho, efectivamente, muy poco para desafiar en serio la hegemonía del neoli­beralismo. Necesitamos construir aquello que se prometió tantas veces pero que nunca se hizo efectivo a lo largo de las sucesivas revoluciones culturales de la década de 1960: una izquierda antiautoritaria efectiva.



Mark Fisher


En buena medida, lo que hace que el pensamiento de Deleuze y Guattari siga siendo válido en la actualidad es que, como el trabajo de los autonomistas italianos que los inspiraron y a quienes ellos también inspiraron, Deleuze y Guattari se comprometieron a abordar este problema de una forma específica. Y lo que se debe hacer ahora no es defender porque sí a Deleuze y Guattari, sino enten­der que el problema que ellos reconocieron y trabajaron es el problema crucial que enfrentamos hoy en día, es decir, la relación del deseo con la política en un contexto pos­fordista. El colapso del bloque soviético y el repliegue del movimiento obrero a escala global no se han debido solo, ni fundamentalmente, a una falla en la voluntad o en la disciplina de sus cuadros. Al contrario, fue la desaparición de la economía fordista y de sus estructuras disciplinarias concomitantes la que nos impide continuar con las viejas instituciones políticas y los viejos modos de organización social, etc. del campo de las clases trabajadoras, justamente porque ya no se corresponden, estos modos, con las formas reales del capitalismo contemporáneo y las subjetividades emergentes que lo acompañan o le plantean debate. Nadie dudaría de que el lenguaje de los “flujos” y la “creativi­dad” se encuentra exhausto precisamente porque las “in­dustrias creativas” del capitalismo se lo han apropiado. Y sin embargo, la proximidad de algunas ideas de Deleuze y Guattari con la retórica del capitalismo tardío no es una marca de su fracaso, sino de su éxito patente al descifrar algunos de los problemas de la organización política bajo el posfordismo. El giro del fordismo al posfordismo, o de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control, para usar la terminología de Foucault y Deleuze, por supuesto que involucra un cambio en el régimen libidinal: concreta­mente, se intensifica el deseo por los bienes de consumo, financiados a crédito. Pero esto no significa que esta rein­versión libidinal deba ser combatida mediante la afirmación de la antigua disciplina de clase. El posfordismo ha llevado a la descomposición de la vieja clase trabajadora. En el oc­cidente globalizado, cuanto menos, la clase trabajadora ya no se concentra en los espacios industriales y sus formas de acción, por lo tanto, ya no son tan efectivas como antes. Al mismo tiempo, las atracciones libidinales del capitalismo de consumo deben ser enfrentadas por una especie de contrali­bido y no simplemente por una deslibidinización depresiva.


Pero todo esto implica reconocer, desde la política, la naturaleza fundamentalmente inorgánica de la libido, tal como fue descripta por Freud y los surrealistas, por Lacan, Althusser y Haraway, por Deleuze y Guattari, entre otros. La libido inorgánica es lo que Lacan y Land llaman pulsión de muerte: no se trata del anhelo de morir, de extinguir el deseo en la muerte (lo que Freud llamaba el principio del Nirvana), sino de una activa fuerza de muerte definida por la tendencia a desviarse de cualquier regulación homeos­tática. Como criaturas deseantes, somos nosotros mismos quienes rompemos el equilibrio orgánico. Y la novedad de El Anti Edipo. Capitalismo y esquizofrenia como obra pre­cursora de un nuevo relato histórico está en su forma de combinar esta lectura de la libido inorgánica con la noción marxista-hegeliana de que la historia tiene una dirección. Y una de las consecuencias de este análisis es que se tornó muy difícil volver a encauzar esta libido inorgánica capaz de maquinar la historia y dotada de dirección propia una vez que ya se ha escapado del cauce: si el deseo es una fuerza histórico-maquínica, su emergencia altera la “realidad” misma. Suprimir el deseo, por su parte, implicaría o bien dar un masivo y costoso giro de la historia hacia atrás o bien provocar amnesia colectiva a gran escala, o una combinación de ambas cosas.



Para Land, esta cuestión también implica que “el pos­capitalismo no tiene sentido salvo como fin al motor del cambio”. En este punto debemos regresar a Louise Mensch y entender que el desafío es imaginar una forma de posca­pitalismo que pueda equipararse con la pulsión de muerte. De momento lo que encontramos es que buena parte del anticapitalismo, por el contrario, se aboca a la búsqueda imposible de un sistema social orientado a la quiescencia total, al principio del Nirvana, es decir, orientado a un retorno al equilibrio místico primitivo, sin Starbucks y sin iPhone, de los que se mofan Mensch y sus camaradas conservadores. Y es evidente que este retorno sería posible solo si se satisface una de dos condiciones: un apocalipsis tecnosocial o un retorno del autoritarismo. ¿De qué otra manera disolver la pulsión? Y si el equilibrio primitivista no es lo que queremos, fundamentalmente tendríamos que poder articular qué es lo que queremos, lo que equivaldría a desarticular el meollo que el capital forma con el deseo y la tecnología de consumo.


Con todo esto en mente, podemos volver a considerar la pregunta inicial de hasta qué punto el deseo que suscitan Starbucks y iPhone es finalmente un deseo de abrazar el capitalismo. Es llamativo ver que lo que se condena tan a menudo en el modelo de negocios de Starbucks es lo mismo que se le reprochaba típicamente al comunismo: su carácter genérico, homogéneo, su capacidad de erradicar la individualidad y la iniciativa de los empleados. Al mismo tiempo, es esta espacialidad genérica, más que el café caro y me­diocre que ofrece, lo que explica buena parte del éxito de Starbucks. Empieza a parecernos que, más que haber una convergencia inevitable entre el deseo de Starbucks y el deseo del capitalismo, lo que hace Starbucks es alimentar deseos que solo puede satisfacer parcial y provisionalmen­te. ¿Qué nos impide pensar, en definitiva, que el deseo de Starbucks es el deseo reprimido de comunismo? ¿Qué es este tercer espacio que Starbucks ofrece, un espacio que no es el hogar ni el trabajo, sino una prefiguración degra­dada del comunismo mismo? En su provocativo ensayo “La utopía como replicación”, originalmente titulado “Walmart como utopía”, Jameson se anima a abordar este objeto ata­cado por la furia anticapitalista:



Como un experimento del pensamiento; no, de acuerdo con la modalidad cruda pero práctica de Lenin, como una institución de la que (después de la revolución) podemos “amputar lo que mutila capitalistamente este aparato excelente”, sino más bien como algo similar a lo que Raymond Williams llamó lo emergen­te, en oposición a lo residual: la forma de un futuro utópico acechando a través de la niebla, un futuro utópico que debe­mos aferrar como oportunidad de ejercitar más plenamente la imaginación utópica, antes que como ocasión de hacer juicios moralizantes o practicar una nostalgia regresiva.


La ambivalencia dialéctica que Jameson pide respec­to de Walmart (“admiración y juicio positivo […] pero también condena absoluta”) ya es parte de la conducta de los clientes de cadenas de este tipo, como también Starbucks, muchos de los cuales se encuentran entre sus más fervorosos críticos, aunque no dejen de servirse de ellas habitualmente. Este anticapitalismo de los consu­midores más devotos no es sino la contracara de la su­puesta complicidad con el capital que Louise Mensch encuentra entre los militantes anticapitalistas. Para De­leuze y Guattari, el capitalismo se define por el modo en que simultáneamente engendra e inhibe los procesos de estratificación. En su célebre fórmula, el capitalismo des­territorializa y reterritorializa al mismo tiempo; no existe un proceso de descodificación abstracta sin un proceso recíproco de recodificación a través de la personalización neurótica (la edipización); de ahí la disyunción típica de los comienzos del siglo xxi entre el capitalismo financiero tremendamente abstracto y la cultura de la celebridad edípica. El capitalismo no es más que un escape del feudalismo que necesariamente fracasa y que, en lugar de destruir las castas, reconstituye la estratificación social en la estructu­ra de clases. Solo considerando esta distinción puede tener sentido la propuesta de Deleuze y Guattari de “acelerar el proceso”. No significa acelerar el capitalismo o alguno de sus rasgos sin plan y sin orden, únicamente para ver qué pasa, y con la esperanza íntima y más bien poco proba­ble de hacerlo colapsar. Más bien, significa acelerar los procesos de desestratificación que el capitalismo solo es capaz de obstruir. Una de las virtudes de este modelo es que pone al capital, y no a sus adversarios, del lado de la resistencia y el control. Los reaccionarios al capitalismo entienden la modernidad urbana, el ciberespacio y el fin de la familia solo como una caída desde un estado original comunitario y mítico. ¿No podemos, en cambio, pensar en la cultura del capitalismo de consumo, con sus comidas rápidas, sus restaurants autoservicio, sus hoteles anónimos y su vida familiar desintegrada, como una prefiguración tenue de aquel campo social que imaginaban los primeros planificadores soviéticos como L.M. Sabsovich?


En la tradición de los sueños socialistas del colectivismo do­méstico, Sabsovich imaginaba la coordinación de todas las ope­raciones en la cadena de producción de alimentos que llevaran de las materias primas a las comidas terminadas y disponibles a la población en cafeterías, en comedores populares y en formas envasadas en contenedores térmicos. No sería necesario ya com­prar alimentos, cocinarlos, poner la mesa o tener una cocina. El lavado de ropa, la costura, la reparación e incluso la limpieza do­méstica (gracias a los electrodomésticos) serían industrializados de la misma forma. De esta manera, cada persona podría contar con una habitación para vivir y dormir sin tener que ocuparse del mantenimiento. Rusia se convertiría así en una vasta cadena hotelera sin cargo.


El sistema soviético no logró alcanzar este sueño, cuya realización quizás compete todavía a nuestro futuro, si es que aceptamos que no estamos peleando por un retorno a las condiciones esencialmente reaccionarias de la interac­ción cara a cara y a una “línea de campesinos racialmente puros que surcan un mismo pedazo de tierra durante toda la eternidad”. Eso es lo que Marx y Engels llamaban “la idiotez de la vida rural”. Deberíamos pelear por algo dis­tinto: por la construcción de una modernidad alternativa en la que la tecnología, la producción en masa y los sistemas impersonales del gerenciamiento contribuyan, todos, a la remodelación de la esfera pública. Y público no signi­fica, en este caso, estatal: el desafío es imaginar un mode­lo de propiedad pública que no sea el de la centralización estatal como la que se dio durante el siglo xx. Algunas pistas de este modelo pueden encontrarse, tal vez, en las maravillas arquitectónicas de los últimos años del bloque soviético, fotografiadas por Frédéric Chaubin: “edificios que se parapetan en el colapso de un mundo con otro, en los que el futurismo y la ciencia ficción se chocan con el monumentalismo” en una especie de “cripto-pop casi psicodélico”. Mientras que para Chaubin estos edificios son la afloración pasajera de un sistema político y social putrefacto, ¿no podríamos considerarlos reliquias de un futuro poscapitalista que todavía debe realizarse, en el que el deseo y el comunismo se reconcilian en armonía? “Ni modernos ni posmodernos, como sueños que flotan li­bremente, aparecen en el horizonte, apuntando a la cuar­ta dimensión”.


Fragmento de Realismo Capitalista de Mark fisher editado por Caja Negra.


Hauntología 2019

Cuando imaginar el fin del capitalismo parece más difícil que asumir el colapso, habitamos una era donde la protesta se volvió meme y la com...