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sábado, 6 de abril de 2019

Punk not dead. La deconstrucción punk durante el conservadurismo ochentoso

Lejos de un artículo de música o subculturas, aquí escribo sobre el rearmado cultural necesario en contexto de crisis, un mínimo aporte acerca las transformaciones de algunos movimientos juveniles en tiempos conservadores como los de hoy.

6/4/19


En algún punto de la primera mitad de la década del noventa tuve, junto a unos amigos, un programa de radio. Una de las pocas publicidades que logramos tener (seguramente la única) en aquellas épocas de puberto-libertad fue la de una disquería de mi ciudad. Quizás la mas underground. O quizás no, pero el trato que hicimos me permite mantenerla entre mis recuerdos de ese modo.

Para esa época en mi ciudad había alrededor de 6 o 7 disquerías. Las mas cercanas a la estación de trenes eran mas populares al momento de seleccionar su clientela: la masa de humildes trabajadores que atravesaban ciudades en un descascarado tren, que combinaba el colorado óxido con un amarillo retro, y que a partir de la gran demanda ofrecía servicios hasta en su techo, como símbolo de la precarización laboral del neoliberalismo ochentoso y noventoso que se instalaba como una espina en el talón. Desde la vereda de esas disquerías se escuchaban ritmos de cumbia, folcklore, clásicos hispanoparlantes como Dyango o Jose Luis Perales. Allí mi madre solía hacer varias paradas.

También estaban las disquerías que rodeaban la plaza, a una cuadra de las anteriores pero mas cerca de la avenida principal, que por lo general se encontraban en galerías céntricas y que con espejos en el techo y en las paredes atraían a un público consumidor del mainstream nacional e internacional. Éstas ofrecían un poco de clásicos por aquí, una pizca de canciones de moda instantánea por allá (podríamos hacer mención de Macarena) y en algún espacio de una batea se le dedicaba al rock under argentino que por lo general estaba seguido del punk mainstream como Ramones o Sex Pistols. Estas disquerías perseguían al cliente cool, ese que llegaba en auto a la zona céntrica de la ciudad y se compraba un cassette por un hit radial.



La disquería que publicitábamos se llamaba Rockhouse y geograficamente era una disquería intermedia. Estaba en una galería a media cuadra de la estación y a media cuadra de la cara mas oscura de la plaza (la otra cara da a la avenida mas importante que antes mencionaba). El arreglo que teníamos no era monetario. Solo consistía en que nos pagaba con grabaciones de discos. Por lo tanto, el hecho se consumaba con un traspaso sonoro del CD de ellos a nuestro casete virgen. Nosotros indagábamos las bateas y elegíamos, ellos grababan lo que pedíamos. Si... Lo sé... Seguramente están pensando que en esa negociación estábamos perdidos, pero es sólo porque aun no mencioné que nuestra radio tenía una llegada de 150 metros a la redonda en una ciudad que se encontraba a unos 10 kilómetros de la nuestra. ¿Qué vecino de aquel barrio viajaría 10 km para comprar un disco? Es por eso que hablo de underground desde un principio. Ambos sabíamos que nadie ganaba pero que en esa alianza había una intención compartida, una complicidad, ¿Una conciencia under? No lo sé.

Por nuestra parte, con una imagen propia que iba de perdedores a entusiastas excitados, accedimos a varios discos provenientes de aquel acuerdo pirata. Dos de ellos quedaron en mi mente. Uno era I Against I de Bad Brains. Eso fue novedad para mi mente y mis oídos. Ecléctico por donde lo veas. Solo podía saber lo que pensaban y lo que decían a partir de los títulos de las canciones, cuya letra escrita con la tinta azul de una lapicera de pluma por el empleado sobre los renglones del cartón de la caja del cassete, conforma una imagen cuasi fotográfica en mi mente que puedo ver pero no describir con seguridad. La comprobación de mis sensaciones respecto a dicho disco surgió a las semanas, luego de leída una reseña de una revista (no recuerdo su nombre) que había comprado en la galería Churba de la ciudad de Belgrano, en la capital del Buenos Aires.

Bad Brains es una banda de rastafaris afroamericanos de los suburbios de Washington DC pero que en 1981 se radicó en Nueva York para cambiar su escena. Destreza musical y personalidad carismática en su cantante llamado HR (Human Right) son algunas cualidades propias. Pero el punto estaba en las temáticas de las canciones y en lo ecléctico de su música que pasaba por el punk, ya devenido en hardcore old school, a canciones reggae lentas y extensas como I and I Survive que aun la escucho. ¿Qué hacía aquel disco en mi ciudad? No lo sé, quizás estaba para hilvanar esta historia.

Bad Brains es una de esas bandas de jóvenes que formó parte de la segunda oleada punk centrada principalmente en Nueva York cuyo fin último era transmitir un mensaje político tan inmerso en la realidad como alejado del idealismo apocalíptico de los orígenes del punk. Que ellos hayan cantado acerca de los derechos humanos y los derechos del animal en momentos de gobiernos conservadores que apiedraron la contracultura de los sesenta no es incomprensible, pues comprender un movimiento ignorando el ingrediente esencial que aporta el contexto es simplemente ser inocente frente a la comprensión de nuestro propio recorrido en esta vida.



Para los ochenta la cultura estaba dando un viraje hacia la derecha y la izquierda se vio entre la parálisis, el desencanto y el estancamiento, mientras los gobiernos de centro izquierda de Callaghan y Carter ya habían sido desplazados casi simultaneamente por los de Margaret Thatcher y Ronald Reagan en Gran Bretaña y Estados Unidos respectivamente. Aquí en Argentina esa derecha neoliberal llegará al poco tiempo.

Flexibilización laboral, privatizaciones y desregularización de la economía configuraban el orden natural de las cosas con esos gobiernos neoliberales, por ende profundizar las diferencias y jerarquías sociales resonaba atractivamente en los mas pudientes. La nueva derecha de los ochenta se imponía sobre lo que la década contestataria del sesenta había dejado en la cultural y lo social. La postura de Ronald Reagan y Margaret Teathcher era reacia frente a la contracultura y los cuestionamientos de la clase trabajadora... Reagan en 1981 despidió a 11000 controladores de tráfico aéreo de 13000 que habían iniciado una huelga, a partir de ese momento además quedaron inhabilitados para trabajar para el estado. En fin, Ben Nadler en su libro Punk: NY 1981-1991 nos permite imaginar casi fotograficamente ese entorno cuando dice que "todo daba la apariencia de que se aproximaba una guerra".

Mientras el viejo punk se había hundido solo en las leyes del mercado y el cuestionamiento antiestablishment vacío de propuesta, el presente exigió a la juventud punk no mainstream algunos reajustes en los ideales. El primer punk había sido determinadamente negador por lo que no llevó mucho tiempo en generar una unión, sin embargo al preguntarse ¿a favor de qué estamos?, se desintegró dice Nadler.

Si bien el conservadorismo ochentoso significó un duro golpe a las contraculturas, el mismo contexto lo obligó a reformularse, lo empujó a la actividad de deconstrucción que tan lejos se para de la idea de muerte. La necesidad de mantenerse vivo propone revisiones que se acomodan a los presentes y sus demandas, por esto es que Nadler también da a entender que si el punk no murió es solamente porque "estamos dispuestos a cuestionar su pasado y su futuro, y a darle un nuevo significado". La actividad de deconstruir justamente es la que pretende demostrar una estructura conceptual con ambigüedades, fallas, debilidades y contradicciones para reconceptializar y resignificar los ideales.

Si hubo una muerte del punk, lejos estaba de aquella que da fin a la existencia como propone la religión. Mas bien sería la muerte como proceso de transformación, una muerte unida a la vida. Una muerte a la mexicana. Colorida y renovadora.

La transformación llenó el movimiento de nuevos contenidos, significados y símbolos. El nuevo sentimiento punk abandonaba el volatil idealismo para mirar una realidad que necesitaba cambios con urgencia. Por este motivo es que tanto en el postpunk como en la segunda oleada punk hay contenido real y problemático. La época así lo demandaba. Se sabía contra qué se estaba yendo porque existía una dirección hacia a donde ir. No es mas que lo que para Marx es la ideología, aquello que se mueve por debajo de la conciencia y de la experiencia, el sentido común ordinario.



En fin, de aquel viejo punk setentoso no solo reposó su subsistencia en ese desprendimiento punk hardcore neoyorquino de los ochenta, representado por jóvenes de la clase obrera, sino también el postpunk proveniente de la bohemia underground de clase media que también crecía en Londres. Muchos integrantes del postpunk eran provenientes de la escuela que subsidiaba el Estado. Una de las diferencias radicaba en que el nuevo espíritu punk pretendía mantener la música accesible, directa y sin pretensiones, y el otro se trató definitivamente de una vanguardia que como tal, decidió romper con la tradición incorporando la electrónica, el noise, el jazz y otros géneros, algo que los llevó a ser acusados de elitismo. No solo en la temática musical les cabía el título sino además por las técnicas del arte vanguardista como el cut-up o el collage, que fueron empleadas tanto en portadas de disco como en la metodología de producción lírica. Había un contenido de arte dentro y fuera de la música centrado en el conocimiento pero con una actitud anti-intelectual.

La idea de la cultura alternativa anticonservadora es el hilo conductor en las profundidades del pensamiento de ambas subculturas. Mas en la superficie la continuidad se recorta con una variada disparidad en las prácticas y en la propia concepción de arte. El punk mas panfletario y directo, con mucha influencia en bandas como Crass (inglesa) de perfil ideológico netamente anarquista, mientras que el postpunk merodeaba en temas puntuales sobre la vida cotidiana considerando que "lo personal también es político", consigna que en los setenta el feminismo elevó para poner en portada temas como la sexualidad, el rol de la mujer y la legalidad aborto. El postpunk pasaba por temas como el consumismo, las relaciones sexuales, la normalidad incuestionada, etc. Si bien participaron de festivales como Rock Against Racism intentaban mantenerse alejados de consignas tan simples como directas y generales. En comparación con esto las bandas punk eran las que participaban en el festival anticonservador Rock Against Reagan, como los icónicos Dead Kennedys (estadounidense). Unos contra una problemática mas amplia, otros directamente contra el gobierno del momento.



La deconstrucción presenta a ese punk como una juventud anticonservadora que puso nombre y rostro a lo que el antiguo punk había llamado establishment. Thatcher y Reagan eran ellos. No resulta difícil encontrar ambos rostros devenidos en íconos de la lucha.

El rostro de Reagan en stencil sustituía el significado de la política destructora de la era.  Aunque parezca común y también fetiche, el rostro de Reagan en un flyer o cartel era un ícono que, hecho con la técnica handmade stencil o collage, era además el mensaje necesario de un grupo que no necesita lo que proviene de afuera: algo así como la necesidad de no necesitar de otro. Otro aspecto del mundo del fetiche en el submundo del punk ochentoso neoyorquino es el constante uso de la palabra "Youth" (juventud) como si se tratara de plantar una identidad etaria pero despersonalizada. Un ejemplo es el de la banda Reagan Youth, la cual hacía alusión irónica a las juventudes hitlerianas. Aquella palabra fue signo representativo de la lucha del momento.

Esa juventud fue, es y será la minoría amenazante que mortifica el ojo cosificado del espectador y molesta a las costumbres naturalizadas. No entendida, ni esperada. Esa que la cultura hegemónica no espera reproducir. Ese adolescente que cuando un adulto lo toma del hombro para "guiar" se mueve veloz e improvisadamente diciendo: "Estoy bien, no me toques". Me animo a pensar que por eso es que Reagan, en el papel adultocentrista, planteaba que el problema de la educación era la falta de autoridad.



En este proceso de deconstrucción el postpunk ya había creado el relato de su propia existencia que los legitimaba como grupo. Ellos eran el resultado del fracaso del punk. Según esta vanguardia, dice Simon Reynolds, "el punk había fracasado por atentar contra el status quo del rock apelando a la música convencional. Los artistas postpunk tomaron distancia de tal postura, bajo la creencia de que "contenidos radicales exigen formas radicales"". En fin, musicalmente se invirtieron algunos roles de instrumentos. La música fue mas minimalista acercando esta idea estética al principio proveniente de la arquitectura moderna mas conocido como "menos es mas". Para Reynolds, David Bowie fue la inspiración que alimentó el ethos postpunk del cambio constante, ya que yendo a Berlín para la grabación de Low y Heroes planteó un alejamiento musical y espiritual con Estados Unidos.

En respuesta al viraje a la derecha, se había intentado construir una cultura alternativa con una infraestructura independiente de sellos, distribuidoras y disquerías. Así es que nace y se propaga ineludiblemente como el agua en las marcas de las manos el espíritu y la actividad DIY (hazlo tu mismo) acercándose a la difusión clandestina de la literatura prohibida en el régimen soviético llamada samizdat. En NY, Bad Brains instaló una tienda/sello DIY (Rat Cage Records) en el sótano de su casa en 171-A en Av A, con el cual registraron el primer disco de Agnostic Front y se realizaron las dos primeras grabaciones de Beastie Boys. 

Mas allá de las diferencias, detrás de la música se llevó a cabo un gran marco de guerreros culturales, facilitadores e ideólogos que fundaron sellos discográficos, trabajaron como managers de bandas, publicaron fanzines, promovieron recitales y organizaban festivales. Aquí el prefijo post plantea una doble mirada, ya que no es solo la superación de algo como dice el filósofo italiano Gianni Váttimo para definir posmodernidad, sino que además imprime una miraba al futuro. Lo post no es solo en referencia a un pasado ya eludido sino principalmente una alusión al presente y al futuro.

Perdón... lo olvidaba. El otro disco que recuerdo de aquellas grabaciones para la radio además de Bad Brains es Juguetes para olvidar de Massacre...


Bibliografía:

Ben Nadler. Punk: NYC 1981-1991. Montacerdos editorial.
Simon Reynolds. Retromanía. Caja Negra editora.
Simon Reynolds. Después del rock. Caja Negra editora.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Lo Retro y el consumo de la nostalgia.

En la era del on demand y el streaming, se impone el consumo nostálgico de lo retro como fetiche de una época en la que el desborde de información da la sensación de un final.


Libros, cds, dvds, discos de vinilo representan la materia prima de mi capital cultural. La mayoría de todo ese material ya se consigue en plataformas sin dinero ni búsqueda de por medio. De algún modo todos tenemos acceso a la información que obtiene un coleccionista especializado. La capacidad de archivar ya ni depende de nosotros sino de algún dispositivo con espacio invisible y digital.

Hace unos diez años daba clase de Historia Antigua en una universidad ubicada en la capital de Buenos Aires. Yo siendo de las afueras, viajaba una hora en tren y aproximadamente 20 minutos en subte para bajar en Avenida Corrientes y Paraná. Por lo general llegaba a esa estación una hora antes de la clase para recorrer caminando algunas calles de la gran avenida que abastecía mis colecciones a través de sus librerías y disquerías. No siempre compraba, de hecho muy poco, pero sí anotaba en donde podía encontrar algún material. Por ahí pasaba la magia del hecho además de la estimulación de los sentidos provocada por el aroma a página añeja y húmeda. Tenía la información que necesitaba y la recopilaba todas las semanas. Susan Stewart en On Longing dice que no es aceptable comprar una colección pues de ese modo no se crea la biografía del coleccionista. Esa información recolectada daba esperanza y proyección a mi biblioteca y discoteca actual y futura, a mi capital cultural.

Para ese momento el vinilo había pasado a ser un objeto coleccionable. Para fines de los noventa e inicio del nuevo milenio solo eran 2 ó 3 paises en el mundo los que tenían una fábrica de discos de vinilo, y seguramente allí se fabricaban discos de bandas pertenecientes a sellos que aún mantenían ritualizado el objeto que acompañaba a la música, pero ocurría con sellos y bandas under de todo el mundo tanto de punk, indie o de música electrónica, definitivamente no estaba el disco de vinilo en el ojo del mainstream, de hecho , todo lo contrario, la música se desmaterializaba. 

El disco de vinilo no solo representaba en mí la música, es decir esa información artística, cultural o ideológica que se escucha y se disfruta, sino que además reunía el valor agregado del objeto. Así, música y objeto, se conjugaban con el tocadisco, la otra parte tangible del ritual. De ahí que siempre relacioné la palabra retro con el disco de vinilo. Pero también hay algo de inevitable en esto... lo retro es personal. La mística del pasado se presenta como recuerdo que trae olores, emociones y sonidos. La nostalgía.



Batea exhibidora en Yenny. Foto actual.


Hace unos días en uno de los grandes shopping de Buenos Aires entré a una de las grandes cadenas de libros que allí se encuentra y entonces me topé con lo sospechado... bateas, bateas y mas bateas exhibían reediciones de los viejos vinilos de la década del ochenta, éstos convivían con los colores de las portadas de discos actuales. Una coexistencia de músicas y estéticas que parecían querer recuperar el tiempo perdido, como un multiculturalismo pero centrado en el tiempo. Quien expone los discos como en un supermercado diseña sin querer una visual inexorablemente ecléctica como posmoderna, en donde los colores gastados conviven con los vivos, en donde las tipografías que emulan neones se contrastan con las sans serif minimalistas bañadas en contemporaneidad como la Arial, la Helvética o la Futura; las texturas del grano fílmico naturalmente vintage confronta su calidez frente al brillo de la fría perfección que del diseño gráfico digital se desprende. Pero lo que une a todos esos discos es que han sido editados en vinilo tomando tono de "coleccionable" puesto que en la era del streaming el vinilo es fetiche.

Entre portadas, packaging y olor a alfombra de local de shopping caigo que los cds y dvs ya fueron excluídos por lo retro y el streaming, quedaron en el medio casi olvidados por el mercado y la cultura... ya lo serán en algún momento y retornarán con la gloria que la moda impone en el anacronismo de la posmodernidad... pero hoy en día ¿Alguien compra cds? ¿Alguien los usa en su auto en la época del bluethoot? ¿Se venden reproductores de dvd en la época en la que el On demand asesina la colección?.

Lo retro no es mas que el mercado en una sociedad que tiene problemas con el futuro. Una forma de consumir atravesada por el fetichismo de objetos que remite a un pasado que surge de la representación que nosotros creamos continuamente acerca del mismo. Para Simon Reynolds lo retro es la intersección entre la cultura de masas y el pasado personal.

Yo nací en el 1979 entre sonidos de vinilos y cintas, ambos representativos de un lazo con mi pasado familiar y la niñez. Sin embargo hay décadas que trascienden a las generaciones, como la del ochenta (en Argentina tiene una denominación: ochentoso). Los digitalizados millennials han optado por recuperar los productos de sus predecesores, lo que ha convertido el consumo vintage y retro en un punto de encuentro intergeneracional. Pero incluso todo esto se extiende a las ultimas generaciones. Mis hijas, ambas de 13 años, son admiradoras de todo aquello que remite a los ochenta. Colores, películas, series, música, ropa, objetos... seguramente por lo que reciben de mí pero además por la publicidad que hoy tiene lo retro style en plataformas digitales dedicadas de lleno a la imagen como Pinterest o el mismo Instagram (en su primer logotipo incluía formas y colores que nos retrotraía a la cámara fotográfica instantánea iconográficamente retro: la Polaroid). Solo que en dicha plataforma la imagen nostálgica se logra por medio de filtros digitales que materializan el estilo sobre la pantalla de un smartphone. Por otro lado, Spotify permitió que mis hijas conocieran a Michael Jackson, Madona, Europe, Aha, The Police, etc, y Netflix a Stranger Things, que si bien no es de los ochenta sí es ochentosa*. La serie combina la actualidad del HD con sonidos de sintetizadores análogos, logos y colores arcade con tipografías de época, todo eso acompañado por canciones populares que hicieron un surco en nuestros recuerdos de los ochenta, y en las representaciones de las nuevas generaciones acerca de esa época, al punto de que las remeras de moda cargan con la inscripción Should I stay or should I go de The Clash o Every breath you take de The Police.

Del mismo modo que con Stranger Things, lo retro se vuelve consumo desde el plano musical con bandas que surgieron en el mainstream sonando a algo que ya había sonado décadas anteriores. El pastiche, como forma de producción cultural posmoderna, se hace notorio en la década del 2000, en donde lo retro se hace mainstream en la música pop: por ejemplo el resurgimiento del garage punk con The Hives, The White Stripes, The Vines, Jet; el estilo vintage soul de Amy Whinehouse, Duffy, Adele, y con chicas del synthpop como La Roux y Little Boots.*

En referencia a lo anterior, Simon Reynold en Retromanía comienza su análisis en la primera década del 2000 denominándola la década re, ya que se dedicó a reproducir otras décadas anteriores. Ese período estuvo dominado por el prefijo re... revivals, reediciones, remakes, reesenificación. También hubo reformaciones de bandas y retornos a los estudios para relanzar antiguas carreras que se empezaban a diluir.

Pensemos lo siguiente... toda información que choca con la del presente solo proviene del pasado... entonces ¿Por qué lo retro y lo vintage no debería tener lugar? Por otro lado, y a pesar de que la búsqueda es libre, ¿Qué es lo que hace la necesidad de convertir lo simple en sagrado? ¿Hay un vacío de nueva información en la cultura, en el diseño, en la música, en las películas, el arte etc? Quizás como dice Mark Fisher, "el fin de la historia" que planteaba Fukuyama, a pesar de ser muy criticado, puede representar de algún modo el estado de inconsciencia cultural de la sociedad contemporánea posmoderna. 

Reynolds dice que lo retro no tiende a idealizar o sentimentalizar algo sino que busca la diversión con el pasado, por esto es que Retrochic es el término que usa Raphael Samuel para graficar esto. Un pasado usado como un juguete del que se puede extraer capital subcultural. En términos de consumo, la nostalgia parece decisiva en este análisis. Una pequeña reseña de lo nostálgico cuenta que en un principio fue una patología de quienes una vez en la guerra extrañaban su lugar de origen, luego el sentido cambio de lugar a tiempo y entonces pasó de ser posible a ser imposible, y de patología devino a emoción. La segunda mitad del siglo XX la nostalgia se encuentra también asimilada por el mercado y se vincula con la cultura pop... artefactos de entretenimiento de masas muy relacionado como la estridente década del ochenta, haciendo que la nostalgia sea ya una mercancía relacionada con el entretenimiento.

Lo retro no es mas que la estilización de un período y se enfoca principalmente en todo lo referido a la cultura pop. Es el viejo estilo transformado en mercancía cada vez mas consumida en medio de un mundo global con forma de red en donde la información es infinita y está al alcance de la mayoría. En fin, no solo nunca hubo una sociedad tan obsesionada con los artefactos culturales de su pasado inmediato sino que tampoco nunca antes hubo una sociedad que pudiera acceder a él con tanta facilidad.



* Pretensión de parecerse a la estética de las series y películas realizadas en la década del ochenta.
* Estas menciones no son mías totalmente sino extraídas del libro de Simon Reynolds Retromanía.

Bibliografía central:

Simon Reynolds. Retromanía. Caja Negra Ediciones.






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