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sábado, 6 de abril de 2019

Punk not dead. La deconstrucción punk durante el conservadurismo ochentoso

Lejos de un artículo de música o subculturas, aquí escribo sobre el rearmado cultural necesario en contexto de crisis, un mínimo aporte acerca las transformaciones de algunos movimientos juveniles en tiempos conservadores como los de hoy.

6/4/19


En algún punto de la primera mitad de la década del noventa tuve, junto a unos amigos, un programa de radio. Una de las pocas publicidades que logramos tener (seguramente la única) en aquellas épocas de puberto-libertad fue la de una disquería de mi ciudad. Quizás la mas underground. O quizás no, pero el trato que hicimos me permite mantenerla entre mis recuerdos de ese modo.

Para esa época en mi ciudad había alrededor de 6 o 7 disquerías. Las mas cercanas a la estación de trenes eran mas populares al momento de seleccionar su clientela: la masa de humildes trabajadores que atravesaban ciudades en un descascarado tren, que combinaba el colorado óxido con un amarillo retro, y que a partir de la gran demanda ofrecía servicios hasta en su techo, como símbolo de la precarización laboral del neoliberalismo ochentoso y noventoso que se instalaba como una espina en el talón. Desde la vereda de esas disquerías se escuchaban ritmos de cumbia, folcklore, clásicos hispanoparlantes como Dyango o Jose Luis Perales. Allí mi madre solía hacer varias paradas.

También estaban las disquerías que rodeaban la plaza, a una cuadra de las anteriores pero mas cerca de la avenida principal, que por lo general se encontraban en galerías céntricas y que con espejos en el techo y en las paredes atraían a un público consumidor del mainstream nacional e internacional. Éstas ofrecían un poco de clásicos por aquí, una pizca de canciones de moda instantánea por allá (podríamos hacer mención de Macarena) y en algún espacio de una batea se le dedicaba al rock under argentino que por lo general estaba seguido del punk mainstream como Ramones o Sex Pistols. Estas disquerías perseguían al cliente cool, ese que llegaba en auto a la zona céntrica de la ciudad y se compraba un cassette por un hit radial.



La disquería que publicitábamos se llamaba Rockhouse y geograficamente era una disquería intermedia. Estaba en una galería a media cuadra de la estación y a media cuadra de la cara mas oscura de la plaza (la otra cara da a la avenida mas importante que antes mencionaba). El arreglo que teníamos no era monetario. Solo consistía en que nos pagaba con grabaciones de discos. Por lo tanto, el hecho se consumaba con un traspaso sonoro del CD de ellos a nuestro casete virgen. Nosotros indagábamos las bateas y elegíamos, ellos grababan lo que pedíamos. Si... Lo sé... Seguramente están pensando que en esa negociación estábamos perdidos, pero es sólo porque aun no mencioné que nuestra radio tenía una llegada de 150 metros a la redonda en una ciudad que se encontraba a unos 10 kilómetros de la nuestra. ¿Qué vecino de aquel barrio viajaría 10 km para comprar un disco? Es por eso que hablo de underground desde un principio. Ambos sabíamos que nadie ganaba pero que en esa alianza había una intención compartida, una complicidad, ¿Una conciencia under? No lo sé.

Por nuestra parte, con una imagen propia que iba de perdedores a entusiastas excitados, accedimos a varios discos provenientes de aquel acuerdo pirata. Dos de ellos quedaron en mi mente. Uno era I Against I de Bad Brains. Eso fue novedad para mi mente y mis oídos. Ecléctico por donde lo veas. Solo podía saber lo que pensaban y lo que decían a partir de los títulos de las canciones, cuya letra escrita con la tinta azul de una lapicera de pluma por el empleado sobre los renglones del cartón de la caja del cassete, conforma una imagen cuasi fotográfica en mi mente que puedo ver pero no describir con seguridad. La comprobación de mis sensaciones respecto a dicho disco surgió a las semanas, luego de leída una reseña de una revista (no recuerdo su nombre) que había comprado en la galería Churba de la ciudad de Belgrano, en la capital del Buenos Aires.

Bad Brains es una banda de rastafaris afroamericanos de los suburbios de Washington DC pero que en 1981 se radicó en Nueva York para cambiar su escena. Destreza musical y personalidad carismática en su cantante llamado HR (Human Right) son algunas cualidades propias. Pero el punto estaba en las temáticas de las canciones y en lo ecléctico de su música que pasaba por el punk, ya devenido en hardcore old school, a canciones reggae lentas y extensas como I and I Survive que aun la escucho. ¿Qué hacía aquel disco en mi ciudad? No lo sé, quizás estaba para hilvanar esta historia.

Bad Brains es una de esas bandas de jóvenes que formó parte de la segunda oleada punk centrada principalmente en Nueva York cuyo fin último era transmitir un mensaje político tan inmerso en la realidad como alejado del idealismo apocalíptico de los orígenes del punk. Que ellos hayan cantado acerca de los derechos humanos y los derechos del animal en momentos de gobiernos conservadores que apiedraron la contracultura de los sesenta no es incomprensible, pues comprender un movimiento ignorando el ingrediente esencial que aporta el contexto es simplemente ser inocente frente a la comprensión de nuestro propio recorrido en esta vida.



Para los ochenta la cultura estaba dando un viraje hacia la derecha y la izquierda se vio entre la parálisis, el desencanto y el estancamiento, mientras los gobiernos de centro izquierda de Callaghan y Carter ya habían sido desplazados casi simultaneamente por los de Margaret Thatcher y Ronald Reagan en Gran Bretaña y Estados Unidos respectivamente. Aquí en Argentina esa derecha neoliberal llegará al poco tiempo.

Flexibilización laboral, privatizaciones y desregularización de la economía configuraban el orden natural de las cosas con esos gobiernos neoliberales, por ende profundizar las diferencias y jerarquías sociales resonaba atractivamente en los mas pudientes. La nueva derecha de los ochenta se imponía sobre lo que la década contestataria del sesenta había dejado en la cultural y lo social. La postura de Ronald Reagan y Margaret Teathcher era reacia frente a la contracultura y los cuestionamientos de la clase trabajadora... Reagan en 1981 despidió a 11000 controladores de tráfico aéreo de 13000 que habían iniciado una huelga, a partir de ese momento además quedaron inhabilitados para trabajar para el estado. En fin, Ben Nadler en su libro Punk: NY 1981-1991 nos permite imaginar casi fotograficamente ese entorno cuando dice que "todo daba la apariencia de que se aproximaba una guerra".

Mientras el viejo punk se había hundido solo en las leyes del mercado y el cuestionamiento antiestablishment vacío de propuesta, el presente exigió a la juventud punk no mainstream algunos reajustes en los ideales. El primer punk había sido determinadamente negador por lo que no llevó mucho tiempo en generar una unión, sin embargo al preguntarse ¿a favor de qué estamos?, se desintegró dice Nadler.

Si bien el conservadorismo ochentoso significó un duro golpe a las contraculturas, el mismo contexto lo obligó a reformularse, lo empujó a la actividad de deconstrucción que tan lejos se para de la idea de muerte. La necesidad de mantenerse vivo propone revisiones que se acomodan a los presentes y sus demandas, por esto es que Nadler también da a entender que si el punk no murió es solamente porque "estamos dispuestos a cuestionar su pasado y su futuro, y a darle un nuevo significado". La actividad de deconstruir justamente es la que pretende demostrar una estructura conceptual con ambigüedades, fallas, debilidades y contradicciones para reconceptializar y resignificar los ideales.

Si hubo una muerte del punk, lejos estaba de aquella que da fin a la existencia como propone la religión. Mas bien sería la muerte como proceso de transformación, una muerte unida a la vida. Una muerte a la mexicana. Colorida y renovadora.

La transformación llenó el movimiento de nuevos contenidos, significados y símbolos. El nuevo sentimiento punk abandonaba el volatil idealismo para mirar una realidad que necesitaba cambios con urgencia. Por este motivo es que tanto en el postpunk como en la segunda oleada punk hay contenido real y problemático. La época así lo demandaba. Se sabía contra qué se estaba yendo porque existía una dirección hacia a donde ir. No es mas que lo que para Marx es la ideología, aquello que se mueve por debajo de la conciencia y de la experiencia, el sentido común ordinario.



En fin, de aquel viejo punk setentoso no solo reposó su subsistencia en ese desprendimiento punk hardcore neoyorquino de los ochenta, representado por jóvenes de la clase obrera, sino también el postpunk proveniente de la bohemia underground de clase media que también crecía en Londres. Muchos integrantes del postpunk eran provenientes de la escuela que subsidiaba el Estado. Una de las diferencias radicaba en que el nuevo espíritu punk pretendía mantener la música accesible, directa y sin pretensiones, y el otro se trató definitivamente de una vanguardia que como tal, decidió romper con la tradición incorporando la electrónica, el noise, el jazz y otros géneros, algo que los llevó a ser acusados de elitismo. No solo en la temática musical les cabía el título sino además por las técnicas del arte vanguardista como el cut-up o el collage, que fueron empleadas tanto en portadas de disco como en la metodología de producción lírica. Había un contenido de arte dentro y fuera de la música centrado en el conocimiento pero con una actitud anti-intelectual.

La idea de la cultura alternativa anticonservadora es el hilo conductor en las profundidades del pensamiento de ambas subculturas. Mas en la superficie la continuidad se recorta con una variada disparidad en las prácticas y en la propia concepción de arte. El punk mas panfletario y directo, con mucha influencia en bandas como Crass (inglesa) de perfil ideológico netamente anarquista, mientras que el postpunk merodeaba en temas puntuales sobre la vida cotidiana considerando que "lo personal también es político", consigna que en los setenta el feminismo elevó para poner en portada temas como la sexualidad, el rol de la mujer y la legalidad aborto. El postpunk pasaba por temas como el consumismo, las relaciones sexuales, la normalidad incuestionada, etc. Si bien participaron de festivales como Rock Against Racism intentaban mantenerse alejados de consignas tan simples como directas y generales. En comparación con esto las bandas punk eran las que participaban en el festival anticonservador Rock Against Reagan, como los icónicos Dead Kennedys (estadounidense). Unos contra una problemática mas amplia, otros directamente contra el gobierno del momento.



La deconstrucción presenta a ese punk como una juventud anticonservadora que puso nombre y rostro a lo que el antiguo punk había llamado establishment. Thatcher y Reagan eran ellos. No resulta difícil encontrar ambos rostros devenidos en íconos de la lucha.

El rostro de Reagan en stencil sustituía el significado de la política destructora de la era.  Aunque parezca común y también fetiche, el rostro de Reagan en un flyer o cartel era un ícono que, hecho con la técnica handmade stencil o collage, era además el mensaje necesario de un grupo que no necesita lo que proviene de afuera: algo así como la necesidad de no necesitar de otro. Otro aspecto del mundo del fetiche en el submundo del punk ochentoso neoyorquino es el constante uso de la palabra "Youth" (juventud) como si se tratara de plantar una identidad etaria pero despersonalizada. Un ejemplo es el de la banda Reagan Youth, la cual hacía alusión irónica a las juventudes hitlerianas. Aquella palabra fue signo representativo de la lucha del momento.

Esa juventud fue, es y será la minoría amenazante que mortifica el ojo cosificado del espectador y molesta a las costumbres naturalizadas. No entendida, ni esperada. Esa que la cultura hegemónica no espera reproducir. Ese adolescente que cuando un adulto lo toma del hombro para "guiar" se mueve veloz e improvisadamente diciendo: "Estoy bien, no me toques". Me animo a pensar que por eso es que Reagan, en el papel adultocentrista, planteaba que el problema de la educación era la falta de autoridad.



En este proceso de deconstrucción el postpunk ya había creado el relato de su propia existencia que los legitimaba como grupo. Ellos eran el resultado del fracaso del punk. Según esta vanguardia, dice Simon Reynolds, "el punk había fracasado por atentar contra el status quo del rock apelando a la música convencional. Los artistas postpunk tomaron distancia de tal postura, bajo la creencia de que "contenidos radicales exigen formas radicales"". En fin, musicalmente se invirtieron algunos roles de instrumentos. La música fue mas minimalista acercando esta idea estética al principio proveniente de la arquitectura moderna mas conocido como "menos es mas". Para Reynolds, David Bowie fue la inspiración que alimentó el ethos postpunk del cambio constante, ya que yendo a Berlín para la grabación de Low y Heroes planteó un alejamiento musical y espiritual con Estados Unidos.

En respuesta al viraje a la derecha, se había intentado construir una cultura alternativa con una infraestructura independiente de sellos, distribuidoras y disquerías. Así es que nace y se propaga ineludiblemente como el agua en las marcas de las manos el espíritu y la actividad DIY (hazlo tu mismo) acercándose a la difusión clandestina de la literatura prohibida en el régimen soviético llamada samizdat. En NY, Bad Brains instaló una tienda/sello DIY (Rat Cage Records) en el sótano de su casa en 171-A en Av A, con el cual registraron el primer disco de Agnostic Front y se realizaron las dos primeras grabaciones de Beastie Boys. 

Mas allá de las diferencias, detrás de la música se llevó a cabo un gran marco de guerreros culturales, facilitadores e ideólogos que fundaron sellos discográficos, trabajaron como managers de bandas, publicaron fanzines, promovieron recitales y organizaban festivales. Aquí el prefijo post plantea una doble mirada, ya que no es solo la superación de algo como dice el filósofo italiano Gianni Váttimo para definir posmodernidad, sino que además imprime una miraba al futuro. Lo post no es solo en referencia a un pasado ya eludido sino principalmente una alusión al presente y al futuro.

Perdón... lo olvidaba. El otro disco que recuerdo de aquellas grabaciones para la radio además de Bad Brains es Juguetes para olvidar de Massacre...


Bibliografía:

Ben Nadler. Punk: NYC 1981-1991. Montacerdos editorial.
Simon Reynolds. Retromanía. Caja Negra editora.
Simon Reynolds. Después del rock. Caja Negra editora.

domingo, 21 de octubre de 2018

Cultura Fetiche: El consumo de la izquierda y sus detractores

Por Mariano Alvarez

"¿Cómo va la revolución?" le dijo un amigo con mueca burlona a otro estudiante pero afín al socialismo que allá por el 2006 portaba un celular costoso. La respuesta fue silencio primero y luego risas de todos (incluyendo el acusado) los que estábamos en esa paella luego de cursar Metafísica.

El capitalismo asimila lo contracultural para transformarlo en mercancía rebelde cool y la contracultura junto a las subculturas consumen resignificando productos del mercado tradicional para apropiarlo. El modo en que se consume diferencia a la contracultura del consumo tradicional. Claro es entonces que lo que no desaparece en esa relación es el consumo. 

Como dice Fredric Jameson en el volumen 1 de Posmodernidad, "la cultura posmoderna es esa que devino en producto". El nuevo estilo de vida idolatra el fetichismo de la mercancía de la que Marx hablaba, pero también lo supera.

La cultura fetiche que naturaliza el consumo actúa envolventemente relacionando la cultura hegemónica con las subculturas y contraculturas por medio de la mercantilización de la ideología. Es decir, todo lo que te rodea es un producto a consumir o ya fue consumido.

En este contexto pensar que el consumo es contrario a una ideología comienza a ser arcáico pero sin adelantar respuesta les dejo en fragmento del libro Realismo Capitalista ¿No hay alternativa? de Mark Fisher mientras preparo en mi cafetera italiana un espresso con café que anoche compré en Starbucks.





A poco de iniciado el movimiento Occupy London Stock Exchange, la novelista devenida política conservadora Louise Mensch apareció en Have I Got News For You?, el programa de la bbc, y comentó con sarcasmo que la aglo­meración en esa zona comercial de la ciudad había produ­cido “las filas más largas en toda la historia de Starbucks”. Y el problema no era solamente que los activistas toma­ban café de marca: también usaban iPhone. La línea de su razonamiento era nítida: ser anticapitalista equivale a ser un anarcohippie primitivo. Por supuesto que los plateos de Mensch fueron ridiculizados, y hasta en el mismo programa en el que salieron al aire, pero los problemas que ponen sobre la mesa no se pueden pasar por alto tan fácilmente. Si la oposición al capital no significa que uno tenga que mantener una postura antitecnología y anti­producción en serie, ¿entonces, por qué se ha identificado al anticapitalismo con esta especie de “localismo de la comida orgánica”, al menos en la caricatura que hacen de él sus oponentes como Mensch, e incluso en la cabe­za de algunos de sus seguidores? Esta perspectiva pasa por alto el entusiasmo que Lenin sintió por Taylor, el que Gramsci sintió por Ford, y el empeño tecnológico soviético en el marco de la carrera espacial, entre otros capítulos de la Historia. No es novedad que el capitalismo ha tratado siempre de ejercer un derecho natural monopólico sobre el deseo: recordemos el famoso aviso de Levi’s de la década de 1980 en el que un adolescente ansioso ingresa de contrabando un par de jeans a través de un puesto de frontera de la urss. Pero la aparición de los bienes de consumo elec­trónicos ha permitido al capital confundir deseo y tecno­logía al punto tal de que el deseo por un iPhone se vuelve automáticamente idéntico al deseo de capitalismo a secas. Inevitable recordar otro aviso: el también célebre “1984” de Apple, en el que la aparición de la computadora per­sonal quedaba igualada con el fin del control totalitario.



Mensch no fue la única que se burló de los activistas de Occupy por su consumo de café de cadena y su empleo de bienes como los teléfonos móviles. En el Evening Standard de Londres, un columnista se quejaba porque “son el capi­talismo y la globalización los que produjeron las ropas que usan los que protestan, las carpas en las que duermen, la comida que comen, los teléfonos en sus bolsillos y las redes sociales que usan para organizarse”. Pero los argumentos de Mensch y sus compañeros reaccionarios en respuesta a Occupy no fueron sino versiones de aquellos argumentos presentes en los extraordinarios textos antimarxistas que Nick Land escribió en la década de 1990. Las provocaciones de teoría-ficción de Land partían del supuesto de que el deseo y el comunismo eran fundamentalmente incompa­tibles. Y hay al menos tres razones para tomar estos tex­tos en serio y no como una valentonada antimarxista. En primer lugar, porque en esos escritos Land mostró cru­damente los problemas que la izquierda enfrenta hoy en día. Land adelanta la película hasta su futuro cercano, es decir, nuestro pasado inmediato: un futuro cercano en el que el capital se pasea del todo triunfante y muestra hasta qué punto esta victoria depende de la mecánica libidinal de la publicidad y las empresas de relaciones públicas, cuyas excrecencias semióticas parasitan lo que antigua­mente fue el espacio público.


Todo lo que no pasa directamente por el mercado cae triturado por la axiomática del capital y queda incrustado holográficamen­te a las marcas estigmatizantes de su obsolescencia. Una forma generalizada de publicidad negativa deslibidiniza todo lo que sea público, tradicional, piadoso, caritativo, autorizado, prestigioso o serio, en pos de la seducción suave de la mercancía.


Land está en lo cierto al referirse a esta “forma gene­ralizada de publicidad negativa”, pero la cuestión está en cómo combatirla. En lugar del llamado a retirarse de la pro­ducción semiótica que hace la activista Naomi Klein en No logo, ¿por qué no abrazar todos los mecanismos de la pro­ducción semiótica libidinal en nombre de un antibranding poscapitalista? El estilo radical chic no debería ser un moti­vo de vergüenza para la izquierda, bien al contrario: es algo que deberíamos incentivar y cultivar. ¿No fue justamente el momento del colapso de la izquierda coincidente con el punto en el que los conceptos de chic y radical dejaron de ser compatibles? Es hora de que comencemos a valorar y proveer de una connotación positiva a estos epítetos como radical chic socialismo de diseñador, porque justamente fue la homologación del diseño con el modo de producción capitalista lo que hace parecer al capitalismo como la única forma de modernidad posible.
La segunda razón por la que son importantes los tex­tos de Land es porque exponen una contradicción incó­moda entre el compromiso oficial con la revolución de la izquierda radical y su tendencia real al conservadurismo en el terreno político, estético y formal. La fuerza casi hidráulica del deseo, en los escritos de Land, se opone al impulso derrotista hacia la preservación, la protección y la defensiva que resulta típico de la izquierda. Pero el delirio disolvente de Land es una especie de autonomismo invertido, en el que el capital asume todas las capacidades improvisacionales y creativas que Mario Tronti, Michael Hardt y Toni Negri adscriben al proletariado y la multitud. Al sobrepasar inevitablemente todos los intentos del “sis­tema de seguridad humano” para controlarlo, el capital emerge como la auténtica fuerza revolucionaria capaz de someter todo, incluyendo las estructuras de la llamada realidad, a un proceso cabal de licuefacción: “escape, síndrome chino planetario, disolución de la biósfera en la tecnósfera, crisis terminal de la burbuja especulativa, ul­travirus y revolución privada de toda escatología cristiana o socialista”. ¿Dónde está la izquierda que pueda hablar con confianza en nombre de un futuro alienígena, que pueda celebrar y no llorar la desintegración de las sociabi­lidades y territorialidades existentes?


La tercera y última razón por la que los textos de Land valen la pena es porque reconocen el terreno en el que la política hoy en día opera, o debería operar si ha de ser efectiva: un terreno que nos muestra a la tecnología totalmente entrelazada en la vida cotidiana y el cuerpo. El diseño y las relaciones públicas son ubicuas; la abstracción financiera ejerce dominio sobre el gobierno. La vida y la cultura se subsumen en el ciberespacio. Por eso mismo el hackeo de datos asume una importancia cada vez mayor. Así podría parecer que Land, el avatar del capital acele­rado, termina confirmando ampliamente la afirmación de Žižek de que el trabajo de Deleuze y Guattari funcionaría como una ideología para los flujos desterritorializados del capitalismo tardío. Pero hay dos problemas con la crítica de Žižek: el primero es que toma de modo muy literal la promesa del capital, dando por descontadas sus propias tendencias a la inercia y la reterritorialización; el segun­do es que la posición desde la que Žižek realiza su crítica depende, implícitamente, de la afirmación del carácter de­seable y posible de una vuelta al leninismo-estalinismo. En el momento más álgido de la decadencia del movimien­to obrero tradicional, fuimos forzados más de una vez a tomar partido por una dicotomía falsa entre el leninismo ascético y autoritario, que al menos funcionó bien en su momento (en cuanto pudo tomar el control del Estado y limitar la esfera de dominio del capital), y los modelos de autoorganización política que han hecho, efectivamente, muy poco para desafiar en serio la hegemonía del neoli­beralismo. Necesitamos construir aquello que se prometió tantas veces pero que nunca se hizo efectivo a lo largo de las sucesivas revoluciones culturales de la década de 1960: una izquierda antiautoritaria efectiva.



Mark Fisher


En buena medida, lo que hace que el pensamiento de Deleuze y Guattari siga siendo válido en la actualidad es que, como el trabajo de los autonomistas italianos que los inspiraron y a quienes ellos también inspiraron, Deleuze y Guattari se comprometieron a abordar este problema de una forma específica. Y lo que se debe hacer ahora no es defender porque sí a Deleuze y Guattari, sino enten­der que el problema que ellos reconocieron y trabajaron es el problema crucial que enfrentamos hoy en día, es decir, la relación del deseo con la política en un contexto pos­fordista. El colapso del bloque soviético y el repliegue del movimiento obrero a escala global no se han debido solo, ni fundamentalmente, a una falla en la voluntad o en la disciplina de sus cuadros. Al contrario, fue la desaparición de la economía fordista y de sus estructuras disciplinarias concomitantes la que nos impide continuar con las viejas instituciones políticas y los viejos modos de organización social, etc. del campo de las clases trabajadoras, justamente porque ya no se corresponden, estos modos, con las formas reales del capitalismo contemporáneo y las subjetividades emergentes que lo acompañan o le plantean debate. Nadie dudaría de que el lenguaje de los “flujos” y la “creativi­dad” se encuentra exhausto precisamente porque las “in­dustrias creativas” del capitalismo se lo han apropiado. Y sin embargo, la proximidad de algunas ideas de Deleuze y Guattari con la retórica del capitalismo tardío no es una marca de su fracaso, sino de su éxito patente al descifrar algunos de los problemas de la organización política bajo el posfordismo. El giro del fordismo al posfordismo, o de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control, para usar la terminología de Foucault y Deleuze, por supuesto que involucra un cambio en el régimen libidinal: concreta­mente, se intensifica el deseo por los bienes de consumo, financiados a crédito. Pero esto no significa que esta rein­versión libidinal deba ser combatida mediante la afirmación de la antigua disciplina de clase. El posfordismo ha llevado a la descomposición de la vieja clase trabajadora. En el oc­cidente globalizado, cuanto menos, la clase trabajadora ya no se concentra en los espacios industriales y sus formas de acción, por lo tanto, ya no son tan efectivas como antes. Al mismo tiempo, las atracciones libidinales del capitalismo de consumo deben ser enfrentadas por una especie de contrali­bido y no simplemente por una deslibidinización depresiva.


Pero todo esto implica reconocer, desde la política, la naturaleza fundamentalmente inorgánica de la libido, tal como fue descripta por Freud y los surrealistas, por Lacan, Althusser y Haraway, por Deleuze y Guattari, entre otros. La libido inorgánica es lo que Lacan y Land llaman pulsión de muerte: no se trata del anhelo de morir, de extinguir el deseo en la muerte (lo que Freud llamaba el principio del Nirvana), sino de una activa fuerza de muerte definida por la tendencia a desviarse de cualquier regulación homeos­tática. Como criaturas deseantes, somos nosotros mismos quienes rompemos el equilibrio orgánico. Y la novedad de El Anti Edipo. Capitalismo y esquizofrenia como obra pre­cursora de un nuevo relato histórico está en su forma de combinar esta lectura de la libido inorgánica con la noción marxista-hegeliana de que la historia tiene una dirección. Y una de las consecuencias de este análisis es que se tornó muy difícil volver a encauzar esta libido inorgánica capaz de maquinar la historia y dotada de dirección propia una vez que ya se ha escapado del cauce: si el deseo es una fuerza histórico-maquínica, su emergencia altera la “realidad” misma. Suprimir el deseo, por su parte, implicaría o bien dar un masivo y costoso giro de la historia hacia atrás o bien provocar amnesia colectiva a gran escala, o una combinación de ambas cosas.



Para Land, esta cuestión también implica que “el pos­capitalismo no tiene sentido salvo como fin al motor del cambio”. En este punto debemos regresar a Louise Mensch y entender que el desafío es imaginar una forma de posca­pitalismo que pueda equipararse con la pulsión de muerte. De momento lo que encontramos es que buena parte del anticapitalismo, por el contrario, se aboca a la búsqueda imposible de un sistema social orientado a la quiescencia total, al principio del Nirvana, es decir, orientado a un retorno al equilibrio místico primitivo, sin Starbucks y sin iPhone, de los que se mofan Mensch y sus camaradas conservadores. Y es evidente que este retorno sería posible solo si se satisface una de dos condiciones: un apocalipsis tecnosocial o un retorno del autoritarismo. ¿De qué otra manera disolver la pulsión? Y si el equilibrio primitivista no es lo que queremos, fundamentalmente tendríamos que poder articular qué es lo que queremos, lo que equivaldría a desarticular el meollo que el capital forma con el deseo y la tecnología de consumo.


Con todo esto en mente, podemos volver a considerar la pregunta inicial de hasta qué punto el deseo que suscitan Starbucks y iPhone es finalmente un deseo de abrazar el capitalismo. Es llamativo ver que lo que se condena tan a menudo en el modelo de negocios de Starbucks es lo mismo que se le reprochaba típicamente al comunismo: su carácter genérico, homogéneo, su capacidad de erradicar la individualidad y la iniciativa de los empleados. Al mismo tiempo, es esta espacialidad genérica, más que el café caro y me­diocre que ofrece, lo que explica buena parte del éxito de Starbucks. Empieza a parecernos que, más que haber una convergencia inevitable entre el deseo de Starbucks y el deseo del capitalismo, lo que hace Starbucks es alimentar deseos que solo puede satisfacer parcial y provisionalmen­te. ¿Qué nos impide pensar, en definitiva, que el deseo de Starbucks es el deseo reprimido de comunismo? ¿Qué es este tercer espacio que Starbucks ofrece, un espacio que no es el hogar ni el trabajo, sino una prefiguración degra­dada del comunismo mismo? En su provocativo ensayo “La utopía como replicación”, originalmente titulado “Walmart como utopía”, Jameson se anima a abordar este objeto ata­cado por la furia anticapitalista:



Como un experimento del pensamiento; no, de acuerdo con la modalidad cruda pero práctica de Lenin, como una institución de la que (después de la revolución) podemos “amputar lo que mutila capitalistamente este aparato excelente”, sino más bien como algo similar a lo que Raymond Williams llamó lo emergen­te, en oposición a lo residual: la forma de un futuro utópico acechando a través de la niebla, un futuro utópico que debe­mos aferrar como oportunidad de ejercitar más plenamente la imaginación utópica, antes que como ocasión de hacer juicios moralizantes o practicar una nostalgia regresiva.


La ambivalencia dialéctica que Jameson pide respec­to de Walmart (“admiración y juicio positivo […] pero también condena absoluta”) ya es parte de la conducta de los clientes de cadenas de este tipo, como también Starbucks, muchos de los cuales se encuentran entre sus más fervorosos críticos, aunque no dejen de servirse de ellas habitualmente. Este anticapitalismo de los consu­midores más devotos no es sino la contracara de la su­puesta complicidad con el capital que Louise Mensch encuentra entre los militantes anticapitalistas. Para De­leuze y Guattari, el capitalismo se define por el modo en que simultáneamente engendra e inhibe los procesos de estratificación. En su célebre fórmula, el capitalismo des­territorializa y reterritorializa al mismo tiempo; no existe un proceso de descodificación abstracta sin un proceso recíproco de recodificación a través de la personalización neurótica (la edipización); de ahí la disyunción típica de los comienzos del siglo xxi entre el capitalismo financiero tremendamente abstracto y la cultura de la celebridad edípica. El capitalismo no es más que un escape del feudalismo que necesariamente fracasa y que, en lugar de destruir las castas, reconstituye la estratificación social en la estructu­ra de clases. Solo considerando esta distinción puede tener sentido la propuesta de Deleuze y Guattari de “acelerar el proceso”. No significa acelerar el capitalismo o alguno de sus rasgos sin plan y sin orden, únicamente para ver qué pasa, y con la esperanza íntima y más bien poco proba­ble de hacerlo colapsar. Más bien, significa acelerar los procesos de desestratificación que el capitalismo solo es capaz de obstruir. Una de las virtudes de este modelo es que pone al capital, y no a sus adversarios, del lado de la resistencia y el control. Los reaccionarios al capitalismo entienden la modernidad urbana, el ciberespacio y el fin de la familia solo como una caída desde un estado original comunitario y mítico. ¿No podemos, en cambio, pensar en la cultura del capitalismo de consumo, con sus comidas rápidas, sus restaurants autoservicio, sus hoteles anónimos y su vida familiar desintegrada, como una prefiguración tenue de aquel campo social que imaginaban los primeros planificadores soviéticos como L.M. Sabsovich?


En la tradición de los sueños socialistas del colectivismo do­méstico, Sabsovich imaginaba la coordinación de todas las ope­raciones en la cadena de producción de alimentos que llevaran de las materias primas a las comidas terminadas y disponibles a la población en cafeterías, en comedores populares y en formas envasadas en contenedores térmicos. No sería necesario ya com­prar alimentos, cocinarlos, poner la mesa o tener una cocina. El lavado de ropa, la costura, la reparación e incluso la limpieza do­méstica (gracias a los electrodomésticos) serían industrializados de la misma forma. De esta manera, cada persona podría contar con una habitación para vivir y dormir sin tener que ocuparse del mantenimiento. Rusia se convertiría así en una vasta cadena hotelera sin cargo.


El sistema soviético no logró alcanzar este sueño, cuya realización quizás compete todavía a nuestro futuro, si es que aceptamos que no estamos peleando por un retorno a las condiciones esencialmente reaccionarias de la interac­ción cara a cara y a una “línea de campesinos racialmente puros que surcan un mismo pedazo de tierra durante toda la eternidad”. Eso es lo que Marx y Engels llamaban “la idiotez de la vida rural”. Deberíamos pelear por algo dis­tinto: por la construcción de una modernidad alternativa en la que la tecnología, la producción en masa y los sistemas impersonales del gerenciamiento contribuyan, todos, a la remodelación de la esfera pública. Y público no signi­fica, en este caso, estatal: el desafío es imaginar un mode­lo de propiedad pública que no sea el de la centralización estatal como la que se dio durante el siglo xx. Algunas pistas de este modelo pueden encontrarse, tal vez, en las maravillas arquitectónicas de los últimos años del bloque soviético, fotografiadas por Frédéric Chaubin: “edificios que se parapetan en el colapso de un mundo con otro, en los que el futurismo y la ciencia ficción se chocan con el monumentalismo” en una especie de “cripto-pop casi psicodélico”. Mientras que para Chaubin estos edificios son la afloración pasajera de un sistema político y social putrefacto, ¿no podríamos considerarlos reliquias de un futuro poscapitalista que todavía debe realizarse, en el que el deseo y el comunismo se reconcilian en armonía? “Ni modernos ni posmodernos, como sueños que flotan li­bremente, aparecen en el horizonte, apuntando a la cuar­ta dimensión”.


Fragmento de Realismo Capitalista de Mark fisher editado por Caja Negra.


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