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miércoles, 17 de abril de 2019

3 películas de ciencia ficción utilizadas para la crítica de la cultura capitalista

Slavoj Zizek, Byung Chull Han y el libro Rebelarse vende han intentado explicar la ideología y el comportamiento de la sociedad consumista utilizando en algún momento estas películas para el análisis, pasando del consumo al control, de la publicidad a la idea de verdad, de la ideología a la sumisión.






"Baudrillard afirma que un producto de consumo es algo tan abstracto que la economía no es nada más que un sistema de signos. Las «necesidades, que expresamos a través del mercado no reflejan ningún deseo real subyacente, sino que son una manera de conceptualizar nuestra participación en el sistema simbólico. De hecho, la idea de tener "necesidades" es un "pensamiento ilusorio" producido por el mismo ensueño que nos hace creer que estamos consumiendo "objetos"."

"Tengamos en cuenta que un punto central del cual partir para la crítica anticapitalista consiste en tratar el consumo y la producción como dos procesos completamente independientes, por esto es que la revista Adbusters, por ejemplo, ha obtenido una notoriedad mundial con su campaña para instaurar el Día Mundial del No Comprar, aunque ignoró el hecho de que no podemos evitar gastar la totalidad de nuestros ingresos. Si no lo gastamos nosotros mismos, mientras lo tengamos en el banco lo gastarán otras personas. Lo único que podemos hacer para reducir el consumo es reducir nuestra contribución a la producción. Pero, claro, el Día Mundial de No Ganar Dinero no sonaría igual de bien."

Fragmentos extraídos de Revelarse Vende.

Aquí les van los trailers y los links de cada película




Pleasentville
1999

David Wanges, un joven de la década de los noventa, tiene una verdadera adicción por una serie de televisión de los cincuenta llamada Pleasantville. Una noche, durante una lucha con su hermana por el mando del televisor, ambos son teletransportados al mundo perfecto de Pleasantville. En ese mundo sólo existe el blanco y negro: pronto el perfecto equilibrio de este lugar empezará a tambalearse con la llegada de estos nuevos ciudadanos.









They live
1988

Un trabajador encuentra casualmente unas gafas que permiten ver a las personas tal y como son. Gracias a ellas descubrirá que importantes personajes de la vida política y social son en realidad extraterrestres. Durante su particular cruzada podrá observar cómo estos alienígenas han ido sembrando el mundo de mensajes subliminales con los que pretenden convertir a los hombres en una raza de esclavos.









1984
1984

El futuro, año 1984. Winston Smith (John Hurt) soporta una abyecta existencia bajo la continua vigilancia de las autoridades de la Oceanía totalitaria. Pero su vida se convertirá en una pesadilla cuando pruebe el amor prohibido y cometa el crimen de pensar libremente. Enviado al siniestro “Ministerio del Amor”, se encuentra a merced de O’Brien (Richard Burton), un cruel oficial decidido a destruir su libertad de pensamiento y a quebrantar su voluntad.




domingo, 4 de noviembre de 2018

Lo Retro y el consumo de la nostalgia.

En la era del on demand y el streaming, se impone el consumo nostálgico de lo retro como fetiche de una época en la que el desborde de información da la sensación de un final.


Libros, cds, dvds, discos de vinilo representan la materia prima de mi capital cultural. La mayoría de todo ese material ya se consigue en plataformas sin dinero ni búsqueda de por medio. De algún modo todos tenemos acceso a la información que obtiene un coleccionista especializado. La capacidad de archivar ya ni depende de nosotros sino de algún dispositivo con espacio invisible y digital.

Hace unos diez años daba clase de Historia Antigua en una universidad ubicada en la capital de Buenos Aires. Yo siendo de las afueras, viajaba una hora en tren y aproximadamente 20 minutos en subte para bajar en Avenida Corrientes y Paraná. Por lo general llegaba a esa estación una hora antes de la clase para recorrer caminando algunas calles de la gran avenida que abastecía mis colecciones a través de sus librerías y disquerías. No siempre compraba, de hecho muy poco, pero sí anotaba en donde podía encontrar algún material. Por ahí pasaba la magia del hecho además de la estimulación de los sentidos provocada por el aroma a página añeja y húmeda. Tenía la información que necesitaba y la recopilaba todas las semanas. Susan Stewart en On Longing dice que no es aceptable comprar una colección pues de ese modo no se crea la biografía del coleccionista. Esa información recolectada daba esperanza y proyección a mi biblioteca y discoteca actual y futura, a mi capital cultural.

Para ese momento el vinilo había pasado a ser un objeto coleccionable. Para fines de los noventa e inicio del nuevo milenio solo eran 2 ó 3 paises en el mundo los que tenían una fábrica de discos de vinilo, y seguramente allí se fabricaban discos de bandas pertenecientes a sellos que aún mantenían ritualizado el objeto que acompañaba a la música, pero ocurría con sellos y bandas under de todo el mundo tanto de punk, indie o de música electrónica, definitivamente no estaba el disco de vinilo en el ojo del mainstream, de hecho , todo lo contrario, la música se desmaterializaba. 

El disco de vinilo no solo representaba en mí la música, es decir esa información artística, cultural o ideológica que se escucha y se disfruta, sino que además reunía el valor agregado del objeto. Así, música y objeto, se conjugaban con el tocadisco, la otra parte tangible del ritual. De ahí que siempre relacioné la palabra retro con el disco de vinilo. Pero también hay algo de inevitable en esto... lo retro es personal. La mística del pasado se presenta como recuerdo que trae olores, emociones y sonidos. La nostalgía.



Batea exhibidora en Yenny. Foto actual.


Hace unos días en uno de los grandes shopping de Buenos Aires entré a una de las grandes cadenas de libros que allí se encuentra y entonces me topé con lo sospechado... bateas, bateas y mas bateas exhibían reediciones de los viejos vinilos de la década del ochenta, éstos convivían con los colores de las portadas de discos actuales. Una coexistencia de músicas y estéticas que parecían querer recuperar el tiempo perdido, como un multiculturalismo pero centrado en el tiempo. Quien expone los discos como en un supermercado diseña sin querer una visual inexorablemente ecléctica como posmoderna, en donde los colores gastados conviven con los vivos, en donde las tipografías que emulan neones se contrastan con las sans serif minimalistas bañadas en contemporaneidad como la Arial, la Helvética o la Futura; las texturas del grano fílmico naturalmente vintage confronta su calidez frente al brillo de la fría perfección que del diseño gráfico digital se desprende. Pero lo que une a todos esos discos es que han sido editados en vinilo tomando tono de "coleccionable" puesto que en la era del streaming el vinilo es fetiche.

Entre portadas, packaging y olor a alfombra de local de shopping caigo que los cds y dvs ya fueron excluídos por lo retro y el streaming, quedaron en el medio casi olvidados por el mercado y la cultura... ya lo serán en algún momento y retornarán con la gloria que la moda impone en el anacronismo de la posmodernidad... pero hoy en día ¿Alguien compra cds? ¿Alguien los usa en su auto en la época del bluethoot? ¿Se venden reproductores de dvd en la época en la que el On demand asesina la colección?.

Lo retro no es mas que el mercado en una sociedad que tiene problemas con el futuro. Una forma de consumir atravesada por el fetichismo de objetos que remite a un pasado que surge de la representación que nosotros creamos continuamente acerca del mismo. Para Simon Reynolds lo retro es la intersección entre la cultura de masas y el pasado personal.

Yo nací en el 1979 entre sonidos de vinilos y cintas, ambos representativos de un lazo con mi pasado familiar y la niñez. Sin embargo hay décadas que trascienden a las generaciones, como la del ochenta (en Argentina tiene una denominación: ochentoso). Los digitalizados millennials han optado por recuperar los productos de sus predecesores, lo que ha convertido el consumo vintage y retro en un punto de encuentro intergeneracional. Pero incluso todo esto se extiende a las ultimas generaciones. Mis hijas, ambas de 13 años, son admiradoras de todo aquello que remite a los ochenta. Colores, películas, series, música, ropa, objetos... seguramente por lo que reciben de mí pero además por la publicidad que hoy tiene lo retro style en plataformas digitales dedicadas de lleno a la imagen como Pinterest o el mismo Instagram (en su primer logotipo incluía formas y colores que nos retrotraía a la cámara fotográfica instantánea iconográficamente retro: la Polaroid). Solo que en dicha plataforma la imagen nostálgica se logra por medio de filtros digitales que materializan el estilo sobre la pantalla de un smartphone. Por otro lado, Spotify permitió que mis hijas conocieran a Michael Jackson, Madona, Europe, Aha, The Police, etc, y Netflix a Stranger Things, que si bien no es de los ochenta sí es ochentosa*. La serie combina la actualidad del HD con sonidos de sintetizadores análogos, logos y colores arcade con tipografías de época, todo eso acompañado por canciones populares que hicieron un surco en nuestros recuerdos de los ochenta, y en las representaciones de las nuevas generaciones acerca de esa época, al punto de que las remeras de moda cargan con la inscripción Should I stay or should I go de The Clash o Every breath you take de The Police.

Del mismo modo que con Stranger Things, lo retro se vuelve consumo desde el plano musical con bandas que surgieron en el mainstream sonando a algo que ya había sonado décadas anteriores. El pastiche, como forma de producción cultural posmoderna, se hace notorio en la década del 2000, en donde lo retro se hace mainstream en la música pop: por ejemplo el resurgimiento del garage punk con The Hives, The White Stripes, The Vines, Jet; el estilo vintage soul de Amy Whinehouse, Duffy, Adele, y con chicas del synthpop como La Roux y Little Boots.*

En referencia a lo anterior, Simon Reynold en Retromanía comienza su análisis en la primera década del 2000 denominándola la década re, ya que se dedicó a reproducir otras décadas anteriores. Ese período estuvo dominado por el prefijo re... revivals, reediciones, remakes, reesenificación. También hubo reformaciones de bandas y retornos a los estudios para relanzar antiguas carreras que se empezaban a diluir.

Pensemos lo siguiente... toda información que choca con la del presente solo proviene del pasado... entonces ¿Por qué lo retro y lo vintage no debería tener lugar? Por otro lado, y a pesar de que la búsqueda es libre, ¿Qué es lo que hace la necesidad de convertir lo simple en sagrado? ¿Hay un vacío de nueva información en la cultura, en el diseño, en la música, en las películas, el arte etc? Quizás como dice Mark Fisher, "el fin de la historia" que planteaba Fukuyama, a pesar de ser muy criticado, puede representar de algún modo el estado de inconsciencia cultural de la sociedad contemporánea posmoderna. 

Reynolds dice que lo retro no tiende a idealizar o sentimentalizar algo sino que busca la diversión con el pasado, por esto es que Retrochic es el término que usa Raphael Samuel para graficar esto. Un pasado usado como un juguete del que se puede extraer capital subcultural. En términos de consumo, la nostalgia parece decisiva en este análisis. Una pequeña reseña de lo nostálgico cuenta que en un principio fue una patología de quienes una vez en la guerra extrañaban su lugar de origen, luego el sentido cambio de lugar a tiempo y entonces pasó de ser posible a ser imposible, y de patología devino a emoción. La segunda mitad del siglo XX la nostalgia se encuentra también asimilada por el mercado y se vincula con la cultura pop... artefactos de entretenimiento de masas muy relacionado como la estridente década del ochenta, haciendo que la nostalgia sea ya una mercancía relacionada con el entretenimiento.

Lo retro no es mas que la estilización de un período y se enfoca principalmente en todo lo referido a la cultura pop. Es el viejo estilo transformado en mercancía cada vez mas consumida en medio de un mundo global con forma de red en donde la información es infinita y está al alcance de la mayoría. En fin, no solo nunca hubo una sociedad tan obsesionada con los artefactos culturales de su pasado inmediato sino que tampoco nunca antes hubo una sociedad que pudiera acceder a él con tanta facilidad.



* Pretensión de parecerse a la estética de las series y películas realizadas en la década del ochenta.
* Estas menciones no son mías totalmente sino extraídas del libro de Simon Reynolds Retromanía.

Bibliografía central:

Simon Reynolds. Retromanía. Caja Negra Ediciones.






domingo, 21 de octubre de 2018

Cultura Fetiche: El consumo de la izquierda y sus detractores

Por Mariano Alvarez

"¿Cómo va la revolución?" le dijo un amigo con mueca burlona a otro estudiante pero afín al socialismo que allá por el 2006 portaba un celular costoso. La respuesta fue silencio primero y luego risas de todos (incluyendo el acusado) los que estábamos en esa paella luego de cursar Metafísica.

El capitalismo asimila lo contracultural para transformarlo en mercancía rebelde cool y la contracultura junto a las subculturas consumen resignificando productos del mercado tradicional para apropiarlo. El modo en que se consume diferencia a la contracultura del consumo tradicional. Claro es entonces que lo que no desaparece en esa relación es el consumo. 

Como dice Fredric Jameson en el volumen 1 de Posmodernidad, "la cultura posmoderna es esa que devino en producto". El nuevo estilo de vida idolatra el fetichismo de la mercancía de la que Marx hablaba, pero también lo supera.

La cultura fetiche que naturaliza el consumo actúa envolventemente relacionando la cultura hegemónica con las subculturas y contraculturas por medio de la mercantilización de la ideología. Es decir, todo lo que te rodea es un producto a consumir o ya fue consumido.

En este contexto pensar que el consumo es contrario a una ideología comienza a ser arcáico pero sin adelantar respuesta les dejo en fragmento del libro Realismo Capitalista ¿No hay alternativa? de Mark Fisher mientras preparo en mi cafetera italiana un espresso con café que anoche compré en Starbucks.





A poco de iniciado el movimiento Occupy London Stock Exchange, la novelista devenida política conservadora Louise Mensch apareció en Have I Got News For You?, el programa de la bbc, y comentó con sarcasmo que la aglo­meración en esa zona comercial de la ciudad había produ­cido “las filas más largas en toda la historia de Starbucks”. Y el problema no era solamente que los activistas toma­ban café de marca: también usaban iPhone. La línea de su razonamiento era nítida: ser anticapitalista equivale a ser un anarcohippie primitivo. Por supuesto que los plateos de Mensch fueron ridiculizados, y hasta en el mismo programa en el que salieron al aire, pero los problemas que ponen sobre la mesa no se pueden pasar por alto tan fácilmente. Si la oposición al capital no significa que uno tenga que mantener una postura antitecnología y anti­producción en serie, ¿entonces, por qué se ha identificado al anticapitalismo con esta especie de “localismo de la comida orgánica”, al menos en la caricatura que hacen de él sus oponentes como Mensch, e incluso en la cabe­za de algunos de sus seguidores? Esta perspectiva pasa por alto el entusiasmo que Lenin sintió por Taylor, el que Gramsci sintió por Ford, y el empeño tecnológico soviético en el marco de la carrera espacial, entre otros capítulos de la Historia. No es novedad que el capitalismo ha tratado siempre de ejercer un derecho natural monopólico sobre el deseo: recordemos el famoso aviso de Levi’s de la década de 1980 en el que un adolescente ansioso ingresa de contrabando un par de jeans a través de un puesto de frontera de la urss. Pero la aparición de los bienes de consumo elec­trónicos ha permitido al capital confundir deseo y tecno­logía al punto tal de que el deseo por un iPhone se vuelve automáticamente idéntico al deseo de capitalismo a secas. Inevitable recordar otro aviso: el también célebre “1984” de Apple, en el que la aparición de la computadora per­sonal quedaba igualada con el fin del control totalitario.



Mensch no fue la única que se burló de los activistas de Occupy por su consumo de café de cadena y su empleo de bienes como los teléfonos móviles. En el Evening Standard de Londres, un columnista se quejaba porque “son el capi­talismo y la globalización los que produjeron las ropas que usan los que protestan, las carpas en las que duermen, la comida que comen, los teléfonos en sus bolsillos y las redes sociales que usan para organizarse”. Pero los argumentos de Mensch y sus compañeros reaccionarios en respuesta a Occupy no fueron sino versiones de aquellos argumentos presentes en los extraordinarios textos antimarxistas que Nick Land escribió en la década de 1990. Las provocaciones de teoría-ficción de Land partían del supuesto de que el deseo y el comunismo eran fundamentalmente incompa­tibles. Y hay al menos tres razones para tomar estos tex­tos en serio y no como una valentonada antimarxista. En primer lugar, porque en esos escritos Land mostró cru­damente los problemas que la izquierda enfrenta hoy en día. Land adelanta la película hasta su futuro cercano, es decir, nuestro pasado inmediato: un futuro cercano en el que el capital se pasea del todo triunfante y muestra hasta qué punto esta victoria depende de la mecánica libidinal de la publicidad y las empresas de relaciones públicas, cuyas excrecencias semióticas parasitan lo que antigua­mente fue el espacio público.


Todo lo que no pasa directamente por el mercado cae triturado por la axiomática del capital y queda incrustado holográficamen­te a las marcas estigmatizantes de su obsolescencia. Una forma generalizada de publicidad negativa deslibidiniza todo lo que sea público, tradicional, piadoso, caritativo, autorizado, prestigioso o serio, en pos de la seducción suave de la mercancía.


Land está en lo cierto al referirse a esta “forma gene­ralizada de publicidad negativa”, pero la cuestión está en cómo combatirla. En lugar del llamado a retirarse de la pro­ducción semiótica que hace la activista Naomi Klein en No logo, ¿por qué no abrazar todos los mecanismos de la pro­ducción semiótica libidinal en nombre de un antibranding poscapitalista? El estilo radical chic no debería ser un moti­vo de vergüenza para la izquierda, bien al contrario: es algo que deberíamos incentivar y cultivar. ¿No fue justamente el momento del colapso de la izquierda coincidente con el punto en el que los conceptos de chic y radical dejaron de ser compatibles? Es hora de que comencemos a valorar y proveer de una connotación positiva a estos epítetos como radical chic socialismo de diseñador, porque justamente fue la homologación del diseño con el modo de producción capitalista lo que hace parecer al capitalismo como la única forma de modernidad posible.
La segunda razón por la que son importantes los tex­tos de Land es porque exponen una contradicción incó­moda entre el compromiso oficial con la revolución de la izquierda radical y su tendencia real al conservadurismo en el terreno político, estético y formal. La fuerza casi hidráulica del deseo, en los escritos de Land, se opone al impulso derrotista hacia la preservación, la protección y la defensiva que resulta típico de la izquierda. Pero el delirio disolvente de Land es una especie de autonomismo invertido, en el que el capital asume todas las capacidades improvisacionales y creativas que Mario Tronti, Michael Hardt y Toni Negri adscriben al proletariado y la multitud. Al sobrepasar inevitablemente todos los intentos del “sis­tema de seguridad humano” para controlarlo, el capital emerge como la auténtica fuerza revolucionaria capaz de someter todo, incluyendo las estructuras de la llamada realidad, a un proceso cabal de licuefacción: “escape, síndrome chino planetario, disolución de la biósfera en la tecnósfera, crisis terminal de la burbuja especulativa, ul­travirus y revolución privada de toda escatología cristiana o socialista”. ¿Dónde está la izquierda que pueda hablar con confianza en nombre de un futuro alienígena, que pueda celebrar y no llorar la desintegración de las sociabi­lidades y territorialidades existentes?


La tercera y última razón por la que los textos de Land valen la pena es porque reconocen el terreno en el que la política hoy en día opera, o debería operar si ha de ser efectiva: un terreno que nos muestra a la tecnología totalmente entrelazada en la vida cotidiana y el cuerpo. El diseño y las relaciones públicas son ubicuas; la abstracción financiera ejerce dominio sobre el gobierno. La vida y la cultura se subsumen en el ciberespacio. Por eso mismo el hackeo de datos asume una importancia cada vez mayor. Así podría parecer que Land, el avatar del capital acele­rado, termina confirmando ampliamente la afirmación de Žižek de que el trabajo de Deleuze y Guattari funcionaría como una ideología para los flujos desterritorializados del capitalismo tardío. Pero hay dos problemas con la crítica de Žižek: el primero es que toma de modo muy literal la promesa del capital, dando por descontadas sus propias tendencias a la inercia y la reterritorialización; el segun­do es que la posición desde la que Žižek realiza su crítica depende, implícitamente, de la afirmación del carácter de­seable y posible de una vuelta al leninismo-estalinismo. En el momento más álgido de la decadencia del movimien­to obrero tradicional, fuimos forzados más de una vez a tomar partido por una dicotomía falsa entre el leninismo ascético y autoritario, que al menos funcionó bien en su momento (en cuanto pudo tomar el control del Estado y limitar la esfera de dominio del capital), y los modelos de autoorganización política que han hecho, efectivamente, muy poco para desafiar en serio la hegemonía del neoli­beralismo. Necesitamos construir aquello que se prometió tantas veces pero que nunca se hizo efectivo a lo largo de las sucesivas revoluciones culturales de la década de 1960: una izquierda antiautoritaria efectiva.



Mark Fisher


En buena medida, lo que hace que el pensamiento de Deleuze y Guattari siga siendo válido en la actualidad es que, como el trabajo de los autonomistas italianos que los inspiraron y a quienes ellos también inspiraron, Deleuze y Guattari se comprometieron a abordar este problema de una forma específica. Y lo que se debe hacer ahora no es defender porque sí a Deleuze y Guattari, sino enten­der que el problema que ellos reconocieron y trabajaron es el problema crucial que enfrentamos hoy en día, es decir, la relación del deseo con la política en un contexto pos­fordista. El colapso del bloque soviético y el repliegue del movimiento obrero a escala global no se han debido solo, ni fundamentalmente, a una falla en la voluntad o en la disciplina de sus cuadros. Al contrario, fue la desaparición de la economía fordista y de sus estructuras disciplinarias concomitantes la que nos impide continuar con las viejas instituciones políticas y los viejos modos de organización social, etc. del campo de las clases trabajadoras, justamente porque ya no se corresponden, estos modos, con las formas reales del capitalismo contemporáneo y las subjetividades emergentes que lo acompañan o le plantean debate. Nadie dudaría de que el lenguaje de los “flujos” y la “creativi­dad” se encuentra exhausto precisamente porque las “in­dustrias creativas” del capitalismo se lo han apropiado. Y sin embargo, la proximidad de algunas ideas de Deleuze y Guattari con la retórica del capitalismo tardío no es una marca de su fracaso, sino de su éxito patente al descifrar algunos de los problemas de la organización política bajo el posfordismo. El giro del fordismo al posfordismo, o de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control, para usar la terminología de Foucault y Deleuze, por supuesto que involucra un cambio en el régimen libidinal: concreta­mente, se intensifica el deseo por los bienes de consumo, financiados a crédito. Pero esto no significa que esta rein­versión libidinal deba ser combatida mediante la afirmación de la antigua disciplina de clase. El posfordismo ha llevado a la descomposición de la vieja clase trabajadora. En el oc­cidente globalizado, cuanto menos, la clase trabajadora ya no se concentra en los espacios industriales y sus formas de acción, por lo tanto, ya no son tan efectivas como antes. Al mismo tiempo, las atracciones libidinales del capitalismo de consumo deben ser enfrentadas por una especie de contrali­bido y no simplemente por una deslibidinización depresiva.


Pero todo esto implica reconocer, desde la política, la naturaleza fundamentalmente inorgánica de la libido, tal como fue descripta por Freud y los surrealistas, por Lacan, Althusser y Haraway, por Deleuze y Guattari, entre otros. La libido inorgánica es lo que Lacan y Land llaman pulsión de muerte: no se trata del anhelo de morir, de extinguir el deseo en la muerte (lo que Freud llamaba el principio del Nirvana), sino de una activa fuerza de muerte definida por la tendencia a desviarse de cualquier regulación homeos­tática. Como criaturas deseantes, somos nosotros mismos quienes rompemos el equilibrio orgánico. Y la novedad de El Anti Edipo. Capitalismo y esquizofrenia como obra pre­cursora de un nuevo relato histórico está en su forma de combinar esta lectura de la libido inorgánica con la noción marxista-hegeliana de que la historia tiene una dirección. Y una de las consecuencias de este análisis es que se tornó muy difícil volver a encauzar esta libido inorgánica capaz de maquinar la historia y dotada de dirección propia una vez que ya se ha escapado del cauce: si el deseo es una fuerza histórico-maquínica, su emergencia altera la “realidad” misma. Suprimir el deseo, por su parte, implicaría o bien dar un masivo y costoso giro de la historia hacia atrás o bien provocar amnesia colectiva a gran escala, o una combinación de ambas cosas.



Para Land, esta cuestión también implica que “el pos­capitalismo no tiene sentido salvo como fin al motor del cambio”. En este punto debemos regresar a Louise Mensch y entender que el desafío es imaginar una forma de posca­pitalismo que pueda equipararse con la pulsión de muerte. De momento lo que encontramos es que buena parte del anticapitalismo, por el contrario, se aboca a la búsqueda imposible de un sistema social orientado a la quiescencia total, al principio del Nirvana, es decir, orientado a un retorno al equilibrio místico primitivo, sin Starbucks y sin iPhone, de los que se mofan Mensch y sus camaradas conservadores. Y es evidente que este retorno sería posible solo si se satisface una de dos condiciones: un apocalipsis tecnosocial o un retorno del autoritarismo. ¿De qué otra manera disolver la pulsión? Y si el equilibrio primitivista no es lo que queremos, fundamentalmente tendríamos que poder articular qué es lo que queremos, lo que equivaldría a desarticular el meollo que el capital forma con el deseo y la tecnología de consumo.


Con todo esto en mente, podemos volver a considerar la pregunta inicial de hasta qué punto el deseo que suscitan Starbucks y iPhone es finalmente un deseo de abrazar el capitalismo. Es llamativo ver que lo que se condena tan a menudo en el modelo de negocios de Starbucks es lo mismo que se le reprochaba típicamente al comunismo: su carácter genérico, homogéneo, su capacidad de erradicar la individualidad y la iniciativa de los empleados. Al mismo tiempo, es esta espacialidad genérica, más que el café caro y me­diocre que ofrece, lo que explica buena parte del éxito de Starbucks. Empieza a parecernos que, más que haber una convergencia inevitable entre el deseo de Starbucks y el deseo del capitalismo, lo que hace Starbucks es alimentar deseos que solo puede satisfacer parcial y provisionalmen­te. ¿Qué nos impide pensar, en definitiva, que el deseo de Starbucks es el deseo reprimido de comunismo? ¿Qué es este tercer espacio que Starbucks ofrece, un espacio que no es el hogar ni el trabajo, sino una prefiguración degra­dada del comunismo mismo? En su provocativo ensayo “La utopía como replicación”, originalmente titulado “Walmart como utopía”, Jameson se anima a abordar este objeto ata­cado por la furia anticapitalista:



Como un experimento del pensamiento; no, de acuerdo con la modalidad cruda pero práctica de Lenin, como una institución de la que (después de la revolución) podemos “amputar lo que mutila capitalistamente este aparato excelente”, sino más bien como algo similar a lo que Raymond Williams llamó lo emergen­te, en oposición a lo residual: la forma de un futuro utópico acechando a través de la niebla, un futuro utópico que debe­mos aferrar como oportunidad de ejercitar más plenamente la imaginación utópica, antes que como ocasión de hacer juicios moralizantes o practicar una nostalgia regresiva.


La ambivalencia dialéctica que Jameson pide respec­to de Walmart (“admiración y juicio positivo […] pero también condena absoluta”) ya es parte de la conducta de los clientes de cadenas de este tipo, como también Starbucks, muchos de los cuales se encuentran entre sus más fervorosos críticos, aunque no dejen de servirse de ellas habitualmente. Este anticapitalismo de los consu­midores más devotos no es sino la contracara de la su­puesta complicidad con el capital que Louise Mensch encuentra entre los militantes anticapitalistas. Para De­leuze y Guattari, el capitalismo se define por el modo en que simultáneamente engendra e inhibe los procesos de estratificación. En su célebre fórmula, el capitalismo des­territorializa y reterritorializa al mismo tiempo; no existe un proceso de descodificación abstracta sin un proceso recíproco de recodificación a través de la personalización neurótica (la edipización); de ahí la disyunción típica de los comienzos del siglo xxi entre el capitalismo financiero tremendamente abstracto y la cultura de la celebridad edípica. El capitalismo no es más que un escape del feudalismo que necesariamente fracasa y que, en lugar de destruir las castas, reconstituye la estratificación social en la estructu­ra de clases. Solo considerando esta distinción puede tener sentido la propuesta de Deleuze y Guattari de “acelerar el proceso”. No significa acelerar el capitalismo o alguno de sus rasgos sin plan y sin orden, únicamente para ver qué pasa, y con la esperanza íntima y más bien poco proba­ble de hacerlo colapsar. Más bien, significa acelerar los procesos de desestratificación que el capitalismo solo es capaz de obstruir. Una de las virtudes de este modelo es que pone al capital, y no a sus adversarios, del lado de la resistencia y el control. Los reaccionarios al capitalismo entienden la modernidad urbana, el ciberespacio y el fin de la familia solo como una caída desde un estado original comunitario y mítico. ¿No podemos, en cambio, pensar en la cultura del capitalismo de consumo, con sus comidas rápidas, sus restaurants autoservicio, sus hoteles anónimos y su vida familiar desintegrada, como una prefiguración tenue de aquel campo social que imaginaban los primeros planificadores soviéticos como L.M. Sabsovich?


En la tradición de los sueños socialistas del colectivismo do­méstico, Sabsovich imaginaba la coordinación de todas las ope­raciones en la cadena de producción de alimentos que llevaran de las materias primas a las comidas terminadas y disponibles a la población en cafeterías, en comedores populares y en formas envasadas en contenedores térmicos. No sería necesario ya com­prar alimentos, cocinarlos, poner la mesa o tener una cocina. El lavado de ropa, la costura, la reparación e incluso la limpieza do­méstica (gracias a los electrodomésticos) serían industrializados de la misma forma. De esta manera, cada persona podría contar con una habitación para vivir y dormir sin tener que ocuparse del mantenimiento. Rusia se convertiría así en una vasta cadena hotelera sin cargo.


El sistema soviético no logró alcanzar este sueño, cuya realización quizás compete todavía a nuestro futuro, si es que aceptamos que no estamos peleando por un retorno a las condiciones esencialmente reaccionarias de la interac­ción cara a cara y a una “línea de campesinos racialmente puros que surcan un mismo pedazo de tierra durante toda la eternidad”. Eso es lo que Marx y Engels llamaban “la idiotez de la vida rural”. Deberíamos pelear por algo dis­tinto: por la construcción de una modernidad alternativa en la que la tecnología, la producción en masa y los sistemas impersonales del gerenciamiento contribuyan, todos, a la remodelación de la esfera pública. Y público no signi­fica, en este caso, estatal: el desafío es imaginar un mode­lo de propiedad pública que no sea el de la centralización estatal como la que se dio durante el siglo xx. Algunas pistas de este modelo pueden encontrarse, tal vez, en las maravillas arquitectónicas de los últimos años del bloque soviético, fotografiadas por Frédéric Chaubin: “edificios que se parapetan en el colapso de un mundo con otro, en los que el futurismo y la ciencia ficción se chocan con el monumentalismo” en una especie de “cripto-pop casi psicodélico”. Mientras que para Chaubin estos edificios son la afloración pasajera de un sistema político y social putrefacto, ¿no podríamos considerarlos reliquias de un futuro poscapitalista que todavía debe realizarse, en el que el deseo y el comunismo se reconcilian en armonía? “Ni modernos ni posmodernos, como sueños que flotan li­bremente, aparecen en el horizonte, apuntando a la cuar­ta dimensión”.


Fragmento de Realismo Capitalista de Mark fisher editado por Caja Negra.


Hauntología 2019

Cuando imaginar el fin del capitalismo parece más difícil que asumir el colapso, habitamos una era donde la protesta se volvió meme y la com...