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sábado, 25 de octubre de 2025

Hauntología 2019

Cuando imaginar el fin del capitalismo parece más difícil que asumir el colapso, habitamos una era donde la protesta se volvió meme y la comunidad, un recuerdo cargado de likes.

No sé si aún lo recuerdan. Había que sentarse un buen rato a tratar de entendor si habia un hilo conductos entre Chile, Ecuador, Hong Kong, Francia y muchos paises mas. Había que relacionarlo con Occupy Wall Street? Yo sí lo hacia. Ataba nudos. Creaba un continnum histórico en donde todo coincidía con reducir la espectativa que el modelo neoliberal imponia sobre la humanidad.

2019 no fue solo un año. Fue un verdadero portal, un umbral que se abrió justo antes de que el mundo se viera atrapado por el miedo al virus y la soledad digital. Mirando hacia atrás desde 2025, parece el último suspiro colectivo antes de la gran fragmentación, la última revuelta antes de que el neoliberalismo finalmente se transformara en el verdadero virus cultural ya tantas veces anticipado y estudiado, y denominado de tantas maneras como lo hizo Mark Fisher hablando de realismo capitalista. Ese año, el 2019, las explosiones de protesta se multiplicaron: las plazas se llenaron de chalecos amarillos en París, estudiantes en Chile, y cuerpos enardecidos en Hong Kong, mientras frases como “No son 30 pesos, son 30 años” resonaban como epitafios de un futuro despojado. Hasta el último día del año vimos corridas en Hong Kong como parte del espectáculo de fin de año.

¿Qué vendría luego de la antesala de un hecho histórico? Obviamente un hecho histórico pero no el esperado. La pandemia no cerró ese ciclo descrito; lo momificó. Si 2019 fue el incendio, el COVID fue la nube que oscureció el humo sin disiparlo. Hoy nos vemos atrapados en la hauntología de la revuelta, con el fantasma de una comunidad que se niega a desvanecerse mientras cada uno aprende a vivir sin el otro, cultivando la paradoja del “individualismo colectivo”: todos forzados al aislamiento, pero conectados por un grito digital que, como un eco distorsionado, sigue repitiendo los motivos del descontento. Si el 2019 parecía poner lo colectivo por sobre el individualismo neoliberal, la pandemia profundizó el individualismo previo y el tipo de consumo. La hedonía se olfateaba dentro de nuestras casas cerradas.


Cuando las plazas entran a protagonizar la historia algo lindo siempre se espera. Pero ¿Cómo es la vida después de las plazas abatidas del 2019? Un simulacro comunitario en la red, la militancia en retuits, memorias distraídas y la indignación en memes. El neoliberalismo encontró en la pandemia su mejor oxímoron: distancia física, hiperconsumismo digital; precariedad compartida, resiliencia individual; crisis económica, abundancia de “experiencias streaming”. La lucha por la democracia se transformó en una lucha por el wifi, y la revolución territorial se mudó a los espacios virtuales gobernados por algoritmos y hashtags.


Atrapados en esta estética del fin del mundo, hoy absorbemos el catastrofismo como si fuera pop art: la distopía es tendencia, la memoría ubicada tan al fondo de tantas imagenes, la nostalgia es cultura y el futuro, apenas una versión beta que nunca logra actualizarse. La pandemia fue el laboratorio definitivo del “homo œconomicus digitalis”, sujeto-usuario que, entre dispositivos y delivery, se convence de que la salvación es personal pero la angustia, colectiva. La historia parece reducirse a esa evolución del homo politicus al oeconomicus y luego al digitalis.


No resulta casual que Mark Fisher describiera la imposibilidad de imaginar el fin del capitalismo mientras las plazas y redes se infestaban de signos revolucionarios, todos espectrales. Los movimientos de 2019, interclasistas y “destituyentes”, no buscaban portavoces ni líderes, sino espacios horizontales, laboratorios urbanos efímeros donde la democracia se experimentó de modo tan transitorio como una story de Instagram.


Con la pandemia los Estados se endurecieron, los algoritmos midieron la protesta y la violencia se volvió una estadística intermitente en la notificación que llega junto al estado epidemiológico. Ningún gran relato alternativo ocupó el vacío. En cambio, nuevos radicalismos, nihilismos y sectarismos germinaron en ese caldo digital de desafección y desgaste.


Así llegamos a este punto, donde el 2019 vive como sombra obstinada en la pospandemia: una fecha espectral, una promesa congelada, un algoritmo que cada tanto revive el hashtag #Revolución. En este escenario, la cultura se convierte en un eco de lo que fue, mientras navegamos entre las ruinas de un pasado que aún resuena en nuestras pantallas.


Vivimos el oxímoron de la conexión solitaria, resistiendo juntos la seducción del consumo mientras buscamos, de forma obcecada, la grieta por donde filtrarse hacia otro mundo posible, aunque sepamos —y aquí la ironía posmoderna— que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo


domingo, 17 de diciembre de 2023

La Memoria en épocas distraídas

El futuro de la memoria ¿Por qué vuelve el negacionismo sin rechazos escandalosos?¿Qué pasó con la memoria? ¿La posmodernidad recuerda o solo mira el pasado?

por Mariano Alvarez

San josé es un pueblo entrerriano sobre la Ruta nacional Nro14 del lado del Río Uruguay. Si te parás mirando el río vas a tener a tu derecha la ciudad balneria de Colón y a tu izquierda está pueblo Liebig, el pueblo mas minúculo de los tres mencionados. Sin embargo, Liebig fue el mas grande en el pasado por la presencia de un laborioso frigorífico y la produccion de corned beaf que se exportaba al mundo. La fábrica cerró, el frigorífico tambien y hoy es un pequeño pueblo que en base a su pasado busca ser pintoresco y cosificar su historia para atraer turistas. Por una mañana fui turista allí, me saqué la foto clásica con el envase de corned beaf que está en su pequeña plaza, recorrí y entendí la distribución urbana antigua, basada en el barrio de los obreros y el de los dueños.

El punto es que en ese pueblo sentí la reminiscencia, sentí el recuerdo de algo que había sido olvidado quien sabe por qué. Similar a la magdalena de Proust, al entrar a un pequeño y amable almacen quedé inherme frente a la invasión de los aromas que solo hacían recordar al almacen de Ribero, al cual iba a comprar por orden de tías o abuelas cuando las visitaba en Concordia hace mas de 30 años. En ese pequeño rectángulo repleto de estanterías y canastas, coloreado por paquetes, etiquetas y cajas, escuché nuevamente la voz de mi difunta tía diciéndome que le compre una lima y que Ribero, uno de los tipos mas famosos del barrio, lo anote en su libreta. 

Esa reminiscencia le devolvió al presente algo de la larga cola que el pasado significa. Para el historiador Friedlander esto sería algo similar a una memoria profunda, una memoria personal y subjetiva que no siempre funciona de la misma manera.

Ésto también ocurre en la historia a nivel colectivo. En el libro Historia Reciente de Marina Franco y Florencia Levín el historiador Daniel Lvovich señala tres tiempos de la memoria que se dieron fundadmentalmente en los paises europeos tras sus hechos traumáticos del siglo XX. El primer momento es el hecho traumático, luego el olvido y finalmente la anamnesis. Esta última es el ejercicio de la reminiscencia, el de recordar lo olvidado para transformarse ñuego en una obsesión. El ejemplo mas emblemático es el de Alemania que una vez terminada la guerra en 1945 y el holocausto (hecho traumático) decidió comenzar a castigar a los responsables (anamnesis) con Eichman en Jerusalem  recién en la década del 60. Quince años de olvido separan al primer tiempo del tercero.

También el mismo autor señala que estos tiempos pueden ser aplicados a los casos europeos y no al argentino siendo que durante la misma dictadura (el hecho traumático) hacen su aparición las Madres de Plaza de Mayo como representación de la memoria rompiendo la posibilidad de los tres tiempos. En fin, los hechos violentos políticos del siglo xx que han dejado víctimas han dejado deversas formas de comprender la memoria colectiva.  

 

No es casualidad que esta memoria se centre en los eventos políticos violentos del siglo XX, la política, las utopías serán los motivos de tan grande violencia. La caída del Muro de Berlín es el fin de lo que Hobsbawm llamará la era de los extremos, el fin de las ideologías, el fin del eclipse de utopías que parece haber dejado solamente víctimas. Los gobiernos de Thatcher y Reagan, por su parte comenzaran una nueva era, la de un capitalismo que sólo progresaría sustituyendo al homo politicus por el homo oeconomicus, un "fin de la historia", la era de la posmodernidad que, como ha señalado Jameson, parece solo mirar hacia el pasado.

Pero no podemos entender este movimiento de cabeza como un ejercicio simple memorístico, ni podemos creer que voltear la mirada hacia el pasado sea meramente política en la posmodernidad sin tener en cuenta la aparición del homo oeconomicus neoliberal y la consolidación y naturalización de una nueva cultura del consumo. 

Entonces ¿Tiene memoria la sociedad posmoderna?¿Hablamos de la misma memoria? 

En principio, evidentemente la memoria colectiva tiene un contenido social y político. La memoria colectiva recuerda esos hechos que tienen la capacidad de cambiar el rumbo de lo que parecía que podría llegar a ser el destino de una sociedad, reivindica las víctimas, revela los sistemas que produjeron la violencia que caracteriza la política del siglo XX, lo que el historiador Enzo Traverso llama violencia fría, la organización de la violencia.

Pero la cultura neoliberal tecnologizada logra entrelazar lo político con lo cultural y económico, un realismo capitalista determinante bajo el cual un soft power realiza el invisible trabajo de poner el entretenimiento y la distracción en lugares en los que antes no estaba. Crucial para la política de despolitizar. La cultura neoliberal transforma al ciudadano en mero consumidor, de hecho si hay un aspecto en el que mas se encuentra relacionado con el pasado es en la cultura, ya mercantilizada. En Posmodernismo I, Fredric Jameson plantea que "en la cultura posmoderna, la cultura ha devenido en un producto por derecho propio; el mercado se ha vuelto un sustituto de sí mismo, y es una mercancía en la misma medida en que lo son las cosas que contiene" 

En una cultura economizada y estetizada es en la que ingresan lo vintage y lo retro como nuevos conceptos que representan un sentido del pasado en un presente nostálgico, pero también como adjetivos aplicables a la música, imágenes, ropa, objetos, etc. Un gran estudio sobre esto lo hace Simon Reynolds en Retromanía, La adicción del pop a su propio pasado.

La pregunta no sólo sigue latente, sino que se profundiza. En una sociedad entretenida que mira al pasado y que lo mercantiliza de manera estética ¿De que modo funciona la memoria?. 

Cada vez más lejana parece la memoria del siglo XX que relaciona pasado presente y futuro, mientras mas se consolida una memoria distraida producto por un tiempo atomizado. Jameson, Mark Fisher e incluso Byung Chul Han, ven en la explicación de la esquizofrenia de Lacan una nueva forma de vivir el tiempo, en palabras de Fisher "el esquizofrénico lacaniano queda reducido a la experiencia del puro significante material, en otras palabras, a una serie de presentes puros en el tiempo, desconectados entre si". La ruptura de la cadena de significantes implicaría una línea (el tiempo) de puntos (los presentes) desconectados entre sí pero intensos. 

                                         

Franco Bifo Berardi, por su parte,  se centra bajo la idea de generación, un concepto no relacionado con lo etario sino con lo tecno-cultural, para él la generación post alfabetica recibe información a la velocidad de la luz, quienes vivimos en esta cultura tecnologizada tenemos mucha información pero a la vez parace que no sabemos usarla. 

En mi opinión, el olvido ya no se presenta como amnesia clásica, como una cinta borrada sino como distracción distracción frente a la alta velocidad. De hecho el autor plantea el déficit de atención como síntoma de una época en la que "el contacto afectivo ha sido sustituido por flujos de información veloces y agresivos".

En fin, los neofascismos en el mundo, los negacionismos siempre presentes, la banalización cada vez mas evidente del mal del siglo XX, se hacen presentes nuevamente por una sociedad que mira hacia atrás pero de manera zigzaguenate, de manera distraida dejando que el pasado se escurra entre los dedos. 

Esta distracción actúa en conjunto a la polarización afectiva de la política, entendida bajo la idea del YO versus el OTRO, pareciera una nueva política que toma sentido en una sociedad con la tecnología de apariencia democratizada que facilita el control bajo una lógica individualista. Todos operamos bajo la idea de la me me me generation. 

Otro artículo de divulgación relacionado con la memoria

Bibliografía mencionada:

- Daniel Lvovich en Historia Reciente de Marina Franco y Florencia Levín

- Generación post-alfa de Franco Bifo Berardi

- Posmodernismo I de Fredric Jameson

entre otras

sábado, 7 de septiembre de 2019

Imágenes de caminatas posmodernas: rincones urbanos para pintar.

Algunos lugares son para pintar. Acá en Argentina "pintar" también se usa de un modo informal para referirse a la "aparición" de algo, como por ejemplo "pintó salir", "pintó la policía", "pintó ir a tal lugar" y así. Lo cierto es que el sentido con el que hablo no es ese sino el hecho de crear, y más puntualmente de hacer arte.

Hoy caminé (no mucho pero retome la única actividad física que estoy ejerciendo interrumpidamente) y caí en que si hay lugares que son para pintar, la mayoría de ellos se ven en el espacio público. Las calles son las galerías de autores mas anónimos y autónomos. Habilidosos en el acto de grafitear(t) y concretar la obra. Se puede concebir el graffiti sin pensar en la ciudad? Definitivamente no. Lo mismo a la inversa. Sería distópico pensar que se agravara las reacciones legales frente a este arte.

La transgresión es la norma (más deseosa de anomia) grafitera, y el resultado es la liberación provocada por la naturalización de algo que es ilegal.

Hay tantas prácticas ilegales que podrían mejorar el mundo.




Caminar con la intención de profundizar en el aura urbana de las calles, sumergirme en los aromas de las veredas y los matices de colores que devuelve una caminata mañanera de viernes, es realmente una actividad estética pero aún más cuando se anda con la intención de entender la lógica que presenta la vida en la ciudad en sus paredes y rincones.

En la calle todos los lugares son para pintar. Porque lo restringido ya fue violado y entonces la imaginación es plena, fugaz y agresiva. Plena porque pasado el límite de la norma la imaginación es ilimitada, y fugaz y agresiva por el condicionamiento del tiempo de ilegalidad en el momento en que se crea.

Paredes, veredas, carteles, cortinas, postes, buzones, casillas de gas, del luz, cordones, baldosas son reservorio de pintura sintética de infinidad de colores y texturas. 

Existe un punto positivo logrado desde la práctica. Son cada vez más los paredones pintados con permiso de sus dueños... En donde la expresión esta limitada al gusto medio del público que transita por allí, y en donde la planificación en sketches (borradores), hace que ya no sea ni la fugacidad ni la agresividad lo que las caracteriza, sino la vivacidad de los colores elegidos detenidamente. Este pareciera un punto positivo a media. No deberíamos dejar pasar el hecho de que el arte bajo el ara de la gentrificación ha causado una idea del arte callejero como un arte pintoresco de espacios mas bien elitistas.

No reniego de ellos solo que la historicidad y la nostalgia de las calles, quienes viven sus vidas muertas en detenimiento a pesar del constante movimiento en ella, parecen tener la intención de hablarnos. Y yo la intención de escucharlas. Las calles hablaron a través del graffiti en 1968 en Francia. Las calles hablaron en 2001 en Buenos Aires. En Berlín, sobre el muro y sobre el monumento del soldado soviético que en 2015 la resignificación que le dió el pueblo es de soldado violador debido a las Miles de violaciones que algunos soldados soviéticos llevaron a cabo al tomar Berlín. La guerra lleva consigo, y de forma dolorosa, el vigor sexual traducido en potencia de quienes ganan e impotencia de los que pierden.



Este pensamiento me despistó del recorrido aleatorio de la caminata para visitar al monumento de Domingo Faustino Sarmiento que está en la plaza principal de esta ciudad que antes formaba parte del distrito que lleva su nombre.

La obra de Giorgio de Chirico representa la nostalgia en el arte contemporáneo. Allí las plazas solo están ocupadas por monumentos solitarios y meditabundos, y por las sombras que de ellos crecen oscurecida.

Ya no camino, me paré frente al monumento a fotografiarlo. La plaza no tiene sombras porque el día está nublado, y aunque hay gente, nadie mira al monumento. La situación es la misma que si fuera un cuadro de Giorgio de Chirico a pesar de que la situación sea perfectamente contraria. Sin sombras y con gente ciegas al monumento la nostalgia está allí, espectral.

Imagino el abrir de parpadeos en loop, tipo gif, con la sombra del monumento creciendo veloz en simultáneo con el movimiento del sol y sin la presencia de algún transeúnte.



Hauntología 2019

Cuando imaginar el fin del capitalismo parece más difícil que asumir el colapso, habitamos una era donde la protesta se volvió meme y la com...